Con una chocante levedad (pero nada que ver con la de Kundera), Meursault asiste al velorio de su madre. Un viaje de dos horas en autobús desde Argel. El Extranjero (1942) empieza así: con una muerte. Y termina en otra muerte; la del protagonista. Es cierto que es una muerte en standby, pero no deja de ser muerte. Ruíz Zafon dice que todas las buenas historias empiezan y terminan en un cementerio. Yo digo que hay peor muerte que esperar la muerte.
Disculpará Camus, espero, que desempolve su primera novela para tener un trasfondo a mi desvarío. Es que la situación lo hace adecuado. Yo, como Meursault, también me siento que no pertenezco a esta sociedad, bendita ubérrima prole que se atasca entre el tráfico, la corrupción social y el ínfimo espacio que nos tocó geográficamente. ¿Qué le parece San Salvador, señor Camus? Nada que ver con su Argel de finales de colonia, supongo. Entonces, ¿qué hace un monsieur Meursault colgado de un microbús de la ruta 44, en camino a casa? Voy así, sintiéndome (o mejor dicho queriéndome sentir) extranjero en mi país. Voy, junto con un poquito más de seis millones (ya casi seis y medio), rumbo a un nuevo período electoral, dónde más que escoger mandatario, vamos a comprobarnos qué es lo que el país necesita a cambio de una mediocre, fascista, irrelevante, poco pospositiva y hasta con tintes terroristas, de parte de los tres candidatos en contienda. Nada más aclaro: de elecciones no tienen nada. Sólo votamos por el menor de tres males. O eso pretendemos todos los que estamos exentos del dogma político. No nos han dejado elegir; siempre tenemos que seguir aguantando los mismos los mismos personajes reciclados, pertrechados detrás de su anquilosada manera de hacer política. Otra vez, sabrá usted, San Salvador está tapizado con los mismos rostros que más que propaganda son obras de arte de photoshop. Y así, en menos de una semana vamos a saber "que ondas" como decimos aquí. Así; extranjero, con una odiosa levedad, sabiendome inocente como Meursault, voy a sentirme culpable de haber sobrevivido a otra contienda electorera. Aun y cuando yo, como muchos, seguramente vamos a anular el voto el 2 de febrero. Ése será el crimen, al que me empuja esta sociedad.
Para qué anular el voto, me dirá usted. No por falta de convicciones; no. Nada tiene que ver la neutralidad política que digo tener. Lo que pasa es que, el país necesita cambiar. Ya cambió con el gobierno anterior, dice su campaña, y quiere seguir cambiando. Pues, hagámoslo. Enseñémosle a todos esos mercenarios que ellos simplemente son los representantes del pueblo, para que no se les olvide que gobiernan por ellos y para ellos. Demostrémosle que nuestra voluntad no vale una promesa absurda con plazo de cien días, ni tampoco un esfuerzo social que es responsabilidad del gobierno y que nada de célebre tiene, ni mucho menos un paquete de propuestas que debieron cumplirse hace diez años.
Anular el voto es más que anárquico per sé; es el modo más efectivo que tenemos de protestar en contra de una campaña nefasta y un futuro que pinta negro de todos modos. Es un pequeño paso, pero hay que darlo. De algún modo empiezan las revoluciones (del pensamiento). Es lo que merece una sociedad que nos despoja de identidad y nos convierte en masa. Igual que en su libro, señor Camus; El Salvador nos aliena, nos hace sentirnos ajenos. Extranjeros en suelo propio. Eso merecen nuestros sistemas políticos y su manera de hacer negocio. Anular el voto es una decisión. Es un grito para exigir que todos esos dizque políticos se eduquen mejor antes de hacer proselitismo.
Que necesitamos un Mandela, o un Mujica: bonita utopía. Necesitamos despertar. Necesitamos reclamar residencia en nuestra patria. Todo empieza con la voluntad de hacer las cosas diferentes, porque, como decía Einsten; hacer las mismas cosas y esperar resultado diferentes, es estar loco. Hay que darse cuenta de que somos los responsables de nuestro futuro. Nosotros; no un títere de corbata. Ahora más que nunca, y nunca mejor dicho, la oportunidad la tenemos en la mano. ¿Será que vamos a seguir en lo mismo? Si encontramos una respuesta y no la usamos, estamos peor que antes. Tiene razón Confucio.
Me termino el café, en compañía del libro de Camus y me pregunto tantas cosas. Cómo Maursault, de nuevo, espero la sentencia y me reanima pensar que a mis palabras escritas, las reciban muchos espectadores llenos de odio. !Qué odiosa levedad, de sentirse extranjero! Somos parte de un teatro de lo absurdo, monsieur Camus. Il n'est pas?