jueves, 6 de febrero de 2014

Eso de escribir, a pesar de todo

Dice Michael Chabon (Washington, 1950) que un libro trata de matar a su autor constantemente, durante su creación. Me parece, si no recuerdo mal, que fue cuando la que hubiera sido su segunda novela (continuación de The Mysteries of Pittsburgh, 1988) no logró superar la etapa creativa. Por supuesto Chabon, uno de los autores contemporáneos más prestigiosos, continuó su carrera y escribió muchos más libros. En fin, la lección quedó. Y me parece, sigue siendo válida para cualquier generación de autores. 

Qué decir entonces de este oficio, que de antemano advierte: "Cuidado; voy a acabar contigo." ¿Qué decir de lo que implica construir un libro, desde el momento mismo en que esa escena salta de nuestra mente y grita: "¡escríbeme!" hasta esa tediosa madrugada en que se logra desatar el nudo que por semanas ha estado amenazando mandar todo al carajo? ¿Qué decir de eso de escribir, a pesar de todo?

Para empezar, que es cierto. Escribir, cuando se tiene ese algo importante que decir, es un compromiso. Nada hay más triste, digo yo, que ver un escrito morir de causas naturales. Sabiendo qué nada más se puede hacer por él, que se llega al punto en que la trama, colapsa sobre sí misma irremediablemente. Esa es la muerte del texto, y una pequeña muerte para el autor. 
Toda vida tiene una lista de cosas que, eventualmente estamos tentados a cumplir. Varía de persona a persona, claro; plantar un árbol, tener un hijo, viajar, hacer dieta, escribir un libro, no importa cuál. Pero cuando se escoge una, hay que saber que se adquiere una responsabilidad a largo plazo. En este caso, escribir, bien podría ser bastante parecido a tener un hijo. Hay que saber que todo comienza como una idea, que va creciendo, desarrollándose y conforme el proceso avanza, adquiriendo voz propia y voluntad. Cómo autor, nada más queda saber entenderlo y llevarlo hasta el final, hasta ese último punto que cierra el capítulo y pone fin a un proceso que parecido interminable. Claro, si se le pregunta al autor, igual que una pintura, el trabajo jamás está terminado. 

Mientras tanto, lo que dice Chabon, se vive a diario. Muchas veces, el texto exige no solamente una leve giro en la trama, pues, siempre surgen "vueltas de tuerca" que ni siquiera se esperan. Personajes que necesitan ser incluidos y muchos otros que simplemente no terminan de encajar. Así es el oficio del escritor: un ritual casi monástico que implica alejarse, abstraerse del mundo y pasar horas frente al teclado o la página hasta que se resuelven todos los "peros" y se endereza el camino. Y ahí es dónde el instinto asesino se desata. 

Personalmente, vivir la experiencia es difícil como satisfactoria. Como autor, uno enfrenta dilemas y lo quiera uno o no, le toca vivir los pequeños dramas de cada personaje. El autor se involucra de tal manera que, su estado de ánimo cambia en función de la situación de sus personajes. Esto, es subjetivo claro, pero no deja de ser inquietante. Habrá que reír y llorar, ceder y recibir, corregir y eliminar constantemente. Es quizás lo más tedioso del proceso: las interminables horas que se le dedica a la corrección de un texto. ¿Cómo no pretender que el espíritu salga herido? No se puede. 

¿Por qué escribir entonces? Y especialmente algo tan complicado como una novela, Borges afirmaba que no tenía necesidad de escribir tanto; en un cuentos lo decía todo. Por que vale la pena. Por que el proceso deja mucho aprendizaje personal. Al final, un libro no es más que el reflejo de su autor. Se deja una parte de cada autor en cada libro. Olviden la fama, publicar, los premios y los "reviews" del New York Times. Escribir es casi una necesidad biológica, que se puede escoger o no, pero jamás cuestionar. 

Por que cada autor tiene algo qué decir y a veces, ni su propia voz, ni toda la pintura al óleo o los acordes de una guitarra alcanzan. Aunque el texto pase años en el disco duro, o almacenado en una gaveta, un día verá la luz inevitablemente y no queda más que agradecerle, por tantas cosas recibidas. 

Me quedo con un fragmento de un amigo escritor, de su reciente libro "Uno Dice"

"Uno dice silencios de fuego.
Uno quiere decir y no puede.
Uno sabe el abismo.
Eso es todo.
Uno dice y no entiende.
Eso duele. 

Pero no importa.
Uno dice.
Eso es suficiente."

Mario Zetino (Uno Dice, Índole, 2014)