El nuestro, es un territorio
que comprende un poco más de 21,000 Km2
(Un poco más, un poco menos, con todo y las islas que el vecino se
atribuye como propias). Es un país pequeño.
Bastan un par de horas para ir de un extremo al otro, bastan un par de días
para verlo todo, lo bueno, lo malo; todo. Podríamos, y quizá debiéramos tener
más, pero no. Si la gente no cabe, no importa; igual, estamos diseminados por
todo el mundo. Somos un país pequeño, cierto, pero más que por la extensión
territorial, somos un país pequeño porque somos como un niño: un niño que quiso
jugar a ser país.
Solo en El Salvador (como se
dice aquí popularmente) se puede asesinar a un obispo en plena liturgia y
treinta y cuatro años después, no solamente el caso ha sido relegado al olvido
sino que además, el supuesto asesino es alabado y recordado con más emoción que
al propio Óscar Romero. Solo aquí, un ex presidente puede robar millones de
dólares y salir del país con toda tranquilidad. Y solo aquí, se persigue y
juzga una expresión artística que no perjudica a nadie. Sí, también aquí, un
Ferrari del año amanece estrellado en una plaza y el presidente en funciones va
al hospital por causas totalmente diferentes. Claro, solo aquí.
En muchos sentidos, El
Salvador es un niño que quiso jugar a ser país. Somos una sociedad inmadura y
nuestro pensamiento quedó atrofiado por la ausencia de ideas y sentimientos. El
Salvador es un niño que sigue pensándose niño, con casi doscientos años de
historia. Una historia que también está ausente, porque aquí, lo que sucedió
ayer, ya no existe. La (falta de) memoria histórica es el principal cáncer de
nuestro territorio. Por eso, cada cinco años seguimos pensando que vamos a
renacer con una propuesta de gobierno maquillada, que nada más apela al sentimentalismo
y al miedo. Por eso, las mismas ratas siguen ascendiendo a los escaños y los
gabinetes de gobiernos se olvidan de la cultura y el deporte, como eje
fundamental de un sociedad saludable. Por eso somos El Salvador: un conjunto de
estadísticas que dan pena. Una masa que se deja arrastrar por la globalización
indiscriminada y salvaje. Nuestra economía es víctima de uno de los
capitalismos más salvajes de Latinoamérica, dónde al empleador nada más le
interesa hacer dinero y poco le importa que sus empleados apenas reúnan las mínimas condiciones de una
vida sostenible. Somos "el país de la eterna sonrisa", porque la
inseguridad nos obliga a hacer eso: sonreír por no llorar. Nuestro país es un
niño que no sabe que prostituye su estatus quo a la mejor apuesta económica
extranjera, aunque presuma su independencia por todo lo alto cada 15 de
septiembre. Aquí el nacionalismo se confunde con el patriotismo. Aquí llenamos
el estadio cuando juega "la Selecta" mientras los teatros mueren de
inanición y las iglesias pululan en cada esquina, clamando a un Dios que vive
en las nubes y no en los corazones.
El himno nacional dice que la libertad la
escribimos con sangre, pero nada dice sobre cerrar las heridas y conciliar con
la memoria. Queremos seguir creyendo que somos una patria soberana y no somos
más que el escenario de un teatro de afuera, cuando conviene. Por eso no
llegamos a nada, porque no tenemos nada. Por eso, somos un niño queriendo jugar
a ser país, pensando que la democracia es un juguete y que la justicia social
es un regalo de navidad bajo el árbol. Por eso no tenemos nada, todo se lo han
llevado, empezando por la inocencia. Por eso, todo se seguirá repitiendo:
estamos condenados a a repetir la historia hasta que aprendamos de ella. Por
eso, somos El Salvador: un lugar condenado y sin salvación. Mientras sigamos
esperando cambios en el paradigma gubernamental, todo seguirá como siempre. Por
eso, hasta que nosotros hagamos la diferencia, nada cambiará. Y el niño seguirá
jugando a la sombra de su bandera