martes, 16 de septiembre de 2014

No soy salvadoreño

Estás de pie, anticipando de alguna manera el momento. Sentís electricidad recorrer tu cuerpo. Comenzás a aclarar la garganta, preparando la voz para entonar el canto. Entonces, las primeras notas comienzan a reverberar por los altavoces y vos te llevás la mano derecha sobre el corazón, mientras ves ondear la bandera en algún lugar. Ahora te das cuenta que los que están a la par tuya, en lugar de tener la mano en saludo respetuoso, comienzan a abrazarse en línea, formando una cadena inmensa. Llegó la hora de entonar. Solo que aquí, el himno no se canta; se grita a todo pulmón.    

No, no es 15 de Septiembre, ni mucho menos estás ante el pabellón nacional. Estás en el Estadio Cuscatlán, y la Selecta está a punto de batirse en duelo ante el rival de turno. Da igual quien sea, lo importante es que hay que hacerle sentir al rival que esta no es su casa; que es un intruso al que hay que hacer sentir tan pequeño como sea posible. Hay un poco menos de 53,000 personas con la misma idea que vos. Nunca antes te sentiste más orgulloso de ser salvadoreño. 90 minutos más tarde, El Salvador habrá perdido seguramente, o quizá empatado si es que deciden esforzarse. Regresás a tu casa y ves el resumen al día siguiente. Comentás el partido con tus cheros y tapizás tu muro de Facebook con fotos tuyas luciendo la azul y blanco que te costó 10 pesos (regateando) afuera del estadio. Y luego todo queda atrás. 

Ese es nuestro país. Un lugar donde los que lloran con el himno, no viven acá. Donde da vergüenza cantar el himno si no estás medio a verga, frente a una cancha de fútbol. Olvídense del Ébola y el Chikungunya (o como diablos se llame); aquí nuestra peor enfermedad es la falta de identidad nacional. El asco que nos da, igual que a Eduardo Vega en el libro a Castellanos Moya. Sentimos desprecio por nuestro patrimonio, desconocemos nuestra cultura y albergamos ignorancia de nuestra historia. Siendo que el resto de países latinoamericanos, en tiene una identidad bien definida, de la cual se sienten orgullosos e intentan resaltar ampliamente,  al salvadoreño promedio le disgusta todo de su país. La próxima vez que se encuentre con un mexicano, pregúntele sino me cree. 

Nosotros conocemos todo lo malo de aquí, y nada de lo bueno. Y es problema que se acentúa año con año. ¿Qué significa ser salvadoreño? El gobierno nos da una idea: un desfile anual, donde le rendimos tributo a los militares que la década de los 80 masacraron a tantos inocentes. Nuestra independencia de España, no es más que la fecha en los noble dejaron de pagar tributo a la corono española. Aquí no hay libertad, nuestra cabeza tiene precio, cada vez que salimos de casa, cada vez que abordamos un autobús. ¿Cuál independencia cuando tantos hermanos prefieren arriesgar su vida mirando al norte? La cultura no existe aquí. El monopolio del arte no sirve más que para alimentar el consumo de piezas decorativas para quienes las pueden pagar. No nos pertenecemos; nunca fuimos propios. Desde los pueblos originarios que incluso eran ajenos cuando se asentaron en el territorio. La única libertad que hemos pretendido buscar, no provino de los próceres, sino de las clases que sufrían represión aplastante. Los Nonualcos primero, el 32 después. Pero eso no cuenta; eran hordas salvajes y peor aún, comunistas. Este es el reino de la injusticia, la desigualdad y el desprecio por lo propio. Donde tenés que hablar otro idioma si querés salir adelante. La memoria es un fantasma que nos aterra cada vez más. Solo negándonos, hemos hallado la identidad; una hipérbole de mentiras, demagogia barata. ¿En verdad existimos como tales? ¿Como salvadoreños?

Pero vos tranquilo. No pasa nada. Recordá que estás en el estadio y la Selecta está a punto de mover la pelota. Los noventa minutos más salvadoreños que pueden existir. Disfrutá el partido, amañado o no, eso es todo lo que somos. "Saludemos la patria orgullos, de hijos suyos podernos llamar".