Ana insistió tanto, que terminé
enamorándome de ella. Ana insistió tanto, que terminé matándola. Lo primero
sería poner las cosas en claro. No intento convencer a nadie. Me da igual lo
que piensen sobre mí; si lo que he hecho está mal o está bien. Al fin, la moral
es solo una variable. Es cuestión de gustos. Igual que mi habitación. Mi
habitación tiene empapelado con diseños marítimos sobre un plano celeste.
Infantil, me dijeron cuando lo compré. Absurdo, para alguien de mi edad. Pero
así soy yo. Supongo que con el tiempo, la gente llega a conocerte, o por lo
menos llegan a hacerlo bastante, hasta que aprenden a reconocer ciertas
peculiaridades que poco a poco se vuelven propias. Colocar en el café un
chorrito de miel, en lugar de azúcar; ver las películas de miedo con el volumen
en cero, y escuchando música con mis audífonos; entrar en un bar y no pedir
nada, solo ver a la gente pretendiendo frente a otras. Es que la vida es
monótona. Igual que mi trabajo. Me paso el día sellando sobres. Debo estampar
el matasellos de la oficina postal e indicar si la carta debe ir por vía aérea
o convencional, antes de depositarla en la respectiva bandeja de salida. Me
pagan por hacer mucho más que eso, pero hace tiempo que me da igual; tanto si
las estampillas o la dirección están bien puestas, o si despacho una carta
local por vía aérea. Casi nunca veo a la gente que pasa por mi cubículo, mucho
menos hablo con ellas o correspondo sus saludos. Solo veo gente cuando salgo a
tomar algo, en el bar. Las veo y pienso qué tipo de cartas enviarían y a
quienes. Había una chica, de pelo rubio, seguro ella mandaría una carta para contarles
a sus padres sobre sus vacaciones. Por como sonríe, se nota que no se habla
mucho con sus padres. Es más, juraría que hace mucho que no les escribe. Y ése
con quien estaba no era su novio. El tipo la miraba como si pensara en las
consecuencias de coger con la mejor a amiga de su hermana, y no le importase en
absoluto. Él es de los que envía postales con dinero, para su hermano que se
mete en problemas por deudas en los casinos. Es difícil decirlo, yo nunca veo a
la gente que pasa frente a mí. Fue así que conocí a Laura, en el bar. Ella era
de las que jamás envían cartas, ni para contar como estuvieron sus vacaciones
ni para ayudar a su hermano estafador. Me gustó desde la primera mirada. Se
acercó a mí y comenzó a hablarme de ella, de su trabajo y de su vida. Yo, igual
que en una película de miedo, comencé a escuchar música en mi cabeza.
Estoy en ese preciso instante en el
que, tras haber hecho algo, uno sabe que no puede remediar o empeorar la
situación. Tan solo esperar lo incierto. Debo abrir la ventana. De pronto
siento como si el aire me faltara. Si por mí fuese, todo el apartamento estaría
empapelado con el mismo diseño: timones de barco, anclas, un nudo que parece un
pretzel y la silueta de un barco, sobre un fondo celeste. Pero es imposible
hacer que Ana cambie de ideas. Como cuando le dije que no era buena idea que
compartiéramos el apartamento. Ella dijo que tenía una habitación libre. Ana
insistió tanto que tuve que mudarme con ella. Me tiendo sobre el sillón frente
al televisor. También odio el sillón verde con diseño geométrico; parece parte del inventario de un geriátrico. Odio la
pintura de la pared sin empapelar. Las fotos de las vacaciones de Ana. Yo sé que ella no ha estado en muchas de los lugares que cuelgan de su
pared, pero habla de ellos como si hubiese nacido ahí. Odio que la puerta del baño no se puede abrir completamente por la bañera. Odio a Ana y el clima de esta ciudad, con sus autobuses viejos y sus oficinas de correo. La sonrisa de Laura es muy linda, como ella. Una vez le dije que podría salir en televisión. El televisor de nuestro apartamento es un viejo
cajón al que hay que abofetear un par de veces para estabilizar la imagen. Con
la gente pasa igual, algunas veces. Después de hacer zapping por un rato, el
anuncio de una película de miedo se advertía a continuación en ese nuevo canal
de ciencia ficción. Es una que no he visto antes, aunque da igual: casi nunca
veo las películas que pasan por televisión.
Al despertar, tras haber dormido
por un poco más de dos horas, me doy cuenta de que me perdí la película. En ese
momento, a seis calles del apartamento, dentro de su habitación, un par de
agentes de la policía que han intentado forzar la cerradura, para descubrir que
no estaba cerrada, han descubierto ya el cuerpo. Seguramente fue la vecina, la viuda que vive con dos gatos y los fantasmas de una vida que fue mejor, quien los llamó. Ella es de las que manda tarjetas de feliz
cumpleaños a todos sus nietos. Nunca les pone dinero. Yo no quise que las cosas
terminaran así. Pero Ana insistió tanto que no pude evitarlo. Ella sabía que yo
siempre terminaba cediendo cuando ella insistía. Ponía su cara de lástima,
parecía que sus pupilas vibraran y juntaba los labios al frente. Apuntaba con
ellos y esperaba mi respuesta. Yo conocía todos los gestos que hacía, lo sabía
casi todo de Ana. Pero nunca me contó si alguna vez envió una carta.
Dejé el televisor encendido y
comienzo a dar vueltas en la sala. Es muy pronto para arrepentirse y muy tarde
para olvidarlo. En un momento, es como si la habitación fuera la que diera
vueltas alrededor mío. No fue mi culpa. Además, Ana insistió tanto que no pude
evitarlo. No dejo de pensar que, en cierto modo, ella tuvo la culpa. Yo no
quería matarla, pero tuve que hacerlo. Yo le dije: no lo hagas, terminará mal.
Pero es que Ana insistió tanto que tuve que hacerla callar. Yo la conocía bien,
o creía hacerlo. Ella era así: un día encontró uno de sus panties de color en
su cajón de ropa blanca, y se la pasó reclamándome por toda una semana. Dijo que
había sido yo quien la colocó ahí por accidente. Que eso comprobaba que era yo,
quien solía robar su ropa íntima. Pero eso no es cierto. Yo no robo su ropa.
Siempre la devolvía después de usarla, y siempre la dejo en su lugar exacto.
Pero es que ella estaba loca. Me
dijo: has matado a alguien, y se lo diré a la policía. Estaba histérica, fuera
de sí. Cruzaba los brazos y los descolgaba, dejándolos balancear y luego
juntaba las manos entrelazadas bajo su barbilla. Intenté dialogar con ella,
convencerla que era lo mejor. Le pedí que me viera a los ojos y que me dijera
que me quería. Me respondió sin decir nada, asintiendo mientras entornaba los
ojos vidriados y enrojecidos. Creo que no estaba convencida. Es difícil
decirlo, yo nunca veo a la gente que me mira a los ojos. Yo la quería, pero no
podía permitirlo. Si me denunciaba por haber matado a alguien, tendría que ir a
la cárcel. Y ella se quedaría sin compañía en su apartamento. No alcanzaría a
pagar la renta y no tendría con quien discutir hasta la madrugada. Yo se lo
dije. Pero Ana insistió tanto.
He sido siempre de la idea que no
existen las cosas malas o buenas; son solo acciones. A alguien le corresponderá
decidir si lo que hice estuvo bien o no. De momento siento que no pertenezco a
ningún sitio. Imagino sus miradas sobre mí. Algunos me odiarán, dirán que soy
un monstruo, cuando se sepa. O peor aún, jamás llegarán a sentir nada por mí,
si no se enteran. Dios jamás podrá perdonarme. Me verá con desprecio cuando
entre a la iglesia. Pero si me quedo fuera, ni siquiera me verá. Estoy a la
deriva. Lo peor de la vida es terminar solo, rodeado de tanta gente. La
extraño. Extraño la forma como sonreía con los ojos cerrados, extraño verla
leer el periódico, dejando que su café se enfríe para beberlo. Éramos seres tan
diferentes que nuestras irregularidades completaron nuestras ausencias
internas. Alguna vez le dije que antes de conocerla, ya la había imagino,
exacta así como era ella. Extraño su insistencia. Como cuando insistió que me
deshiciera del revólver. Que sólo
acabaría causándome problemas. Que si lo que buscaba era seguridad que podíamos mudarnos a otra ciudad más tranquila. Ella era sí; nunca entendió que la
seguridad tiene que venir de adentro. Yo le dije: no hay de qué preocuparse, nunca la voy a usar. Yo jamás le haría daño a alguien, mucho menos a ella que
la quería tanto. Se lo prometí. Al final le mentí; no la quería tanto como le
dije. Le disparé sin pensarlo cuando comenzó a joder con que le iba a decir a
la policía. Yo no quería hacerlo. Pero es que Ana insistió tanto.
La habitación sigue girando. Me
dejo caer sobre el piso. Veo anuncios en la pantalla del televisor. Pero solo
escucho risas. La gente se ve feliz usando, comprando, llevando, fregando un
piso, saliendo de paseo. La vida es tan absurda. Escucho risas, el eco de mis
pensamientos. Y la voz Ana. No, yo no tuve la culpa; ella insistió tanto. Se
anuncia un programa de noticias. Seguramente, dirán que han encontrado el
cuerpo de Laura, en su habitación, tras haber intentado forzar la cerradura y
encontrar que no estaba cerrada. Dirán que fue un crimen pasional, que ella
quedó tendida sobre la cama y que no había señales de violencia excesiva. Al
investigador de la policía no le tomará mucho tiempo deducir la responsabilidad
del crimen, al que calificará de horrible, infame y lamentable. Él habla usando
muchos adjetivos. Es de los que les encantaría sentarse y escribir cartas a sus
amigos y familiares. Pero nunca tiene tiempo. La presentadora del noticiero
saluda con expresión robótica y postura rígida.
Hay compasión en su mirada.
Comienzo a escuchar música en mi cabeza. Sonrío y de pronto no puedo controlar
mi risa, mientras todo sigue dando vueltas. También hay rastros de soledad en
su mirada. Igual que en la de Ana. Igual que en la de Laura. Es difícil decirlo. Yo casi nunca
veo a la gente que me acusa.
Estoy en ese preciso instante en el que, tras haber hecho algo, uno sabe que no puede remediar o empeorar la situación. Tan solo esperar lo incierto. Debo abrir la ventana. De pronto siento como si el aire me faltara. Si por mí fuese, todo el apartamento estaría empapelado con el mismo diseño: timones de barco, anclas, un nudo que parece un pretzel y la silueta de un barco, sobre un fondo celeste. Pero es imposible hacer que Ana cambie de ideas. Como cuando le dije que no era buena idea que compartiéramos el apartamento. Ella dijo que tenía una habitación libre. Ana insistió tanto que tuve que mudarme con ella. Me tiendo sobre el sillón frente al televisor. También odio el sillón verde con diseño geométrico; parece parte del inventario de un geriátrico. Odio la pintura de la pared sin empapelar. Las fotos de las vacaciones de Ana. Yo sé que ella no ha estado en muchas de los lugares que cuelgan de su pared, pero habla de ellos como si hubiese nacido ahí. Odio que la puerta del baño no se puede abrir completamente por la bañera. Odio a Ana y el clima de esta ciudad, con sus autobuses viejos y sus oficinas de correo. La sonrisa de Laura es muy linda, como ella. Una vez le dije que podría salir en televisión. El televisor de nuestro apartamento es un viejo cajón al que hay que abofetear un par de veces para estabilizar la imagen. Con la gente pasa igual, algunas veces. Después de hacer zapping por un rato, el anuncio de una película de miedo se advertía a continuación en ese nuevo canal de ciencia ficción. Es una que no he visto antes, aunque da igual: casi nunca veo las películas que pasan por televisión.
Al despertar, tras haber dormido por un poco más de dos horas, me doy cuenta de que me perdí la película. En ese momento, a seis calles del apartamento, dentro de su habitación, un par de agentes de la policía que han intentado forzar la cerradura, para descubrir que no estaba cerrada, han descubierto ya el cuerpo. Seguramente fue la vecina, la viuda que vive con dos gatos y los fantasmas de una vida que fue mejor, quien los llamó. Ella es de las que manda tarjetas de feliz cumpleaños a todos sus nietos. Nunca les pone dinero. Yo no quise que las cosas terminaran así. Pero Ana insistió tanto que no pude evitarlo. Ella sabía que yo siempre terminaba cediendo cuando ella insistía. Ponía su cara de lástima, parecía que sus pupilas vibraran y juntaba los labios al frente. Apuntaba con ellos y esperaba mi respuesta. Yo conocía todos los gestos que hacía, lo sabía casi todo de Ana. Pero nunca me contó si alguna vez envió una carta.
Dejé el televisor encendido y comienzo a dar vueltas en la sala. Es muy pronto para arrepentirse y muy tarde para olvidarlo. En un momento, es como si la habitación fuera la que diera vueltas alrededor mío. No fue mi culpa. Además, Ana insistió tanto que no pude evitarlo. No dejo de pensar que, en cierto modo, ella tuvo la culpa. Yo no quería matarla, pero tuve que hacerlo. Yo le dije: no lo hagas, terminará mal. Pero es que Ana insistió tanto que tuve que hacerla callar. Yo la conocía bien, o creía hacerlo. Ella era así: un día encontró uno de sus panties de color en su cajón de ropa blanca, y se la pasó reclamándome por toda una semana. Dijo que había sido yo quien la colocó ahí por accidente. Que eso comprobaba que era yo, quien solía robar su ropa íntima. Pero eso no es cierto. Yo no robo su ropa. Siempre la devolvía después de usarla, y siempre la dejo en su lugar exacto.
Pero es que ella estaba loca. Me dijo: has matado a alguien, y se lo diré a la policía. Estaba histérica, fuera de sí. Cruzaba los brazos y los descolgaba, dejándolos balancear y luego juntaba las manos entrelazadas bajo su barbilla. Intenté dialogar con ella, convencerla que era lo mejor. Le pedí que me viera a los ojos y que me dijera que me quería. Me respondió sin decir nada, asintiendo mientras entornaba los ojos vidriados y enrojecidos. Creo que no estaba convencida. Es difícil decirlo, yo nunca veo a la gente que me mira a los ojos. Yo la quería, pero no podía permitirlo. Si me denunciaba por haber matado a alguien, tendría que ir a la cárcel. Y ella se quedaría sin compañía en su apartamento. No alcanzaría a pagar la renta y no tendría con quien discutir hasta la madrugada. Yo se lo dije. Pero Ana insistió tanto.
He sido siempre de la idea que no existen las cosas malas o buenas; son solo acciones. A alguien le corresponderá decidir si lo que hice estuvo bien o no. De momento siento que no pertenezco a ningún sitio. Imagino sus miradas sobre mí. Algunos me odiarán, dirán que soy un monstruo, cuando se sepa. O peor aún, jamás llegarán a sentir nada por mí, si no se enteran. Dios jamás podrá perdonarme. Me verá con desprecio cuando entre a la iglesia. Pero si me quedo fuera, ni siquiera me verá. Estoy a la deriva. Lo peor de la vida es terminar solo, rodeado de tanta gente. La extraño. Extraño la forma como sonreía con los ojos cerrados, extraño verla leer el periódico, dejando que su café se enfríe para beberlo. Éramos seres tan diferentes que nuestras irregularidades completaron nuestras ausencias internas. Alguna vez le dije que antes de conocerla, ya la había imagino, exacta así como era ella. Extraño su insistencia. Como cuando insistió que me deshiciera del revólver. Que sólo acabaría causándome problemas. Que si lo que buscaba era seguridad que podíamos mudarnos a otra ciudad más tranquila. Ella era sí; nunca entendió que la seguridad tiene que venir de adentro. Yo le dije: no hay de qué preocuparse, nunca la voy a usar. Yo jamás le haría daño a alguien, mucho menos a ella que la quería tanto. Se lo prometí. Al final le mentí; no la quería tanto como le dije. Le disparé sin pensarlo cuando comenzó a joder con que le iba a decir a la policía. Yo no quería hacerlo. Pero es que Ana insistió tanto.
La habitación sigue girando. Me dejo caer sobre el piso. Veo anuncios en la pantalla del televisor. Pero solo escucho risas. La gente se ve feliz usando, comprando, llevando, fregando un piso, saliendo de paseo. La vida es tan absurda. Escucho risas, el eco de mis pensamientos. Y la voz Ana. No, yo no tuve la culpa; ella insistió tanto. Se anuncia un programa de noticias. Seguramente, dirán que han encontrado el cuerpo de Laura, en su habitación, tras haber intentado forzar la cerradura y encontrar que no estaba cerrada. Dirán que fue un crimen pasional, que ella quedó tendida sobre la cama y que no había señales de violencia excesiva. Al investigador de la policía no le tomará mucho tiempo deducir la responsabilidad del crimen, al que calificará de horrible, infame y lamentable. Él habla usando muchos adjetivos. Es de los que les encantaría sentarse y escribir cartas a sus amigos y familiares. Pero nunca tiene tiempo. La presentadora del noticiero saluda con expresión robótica y postura rígida. Hay compasión en su mirada. Comienzo a escuchar música en mi cabeza. Sonrío y de pronto no puedo controlar mi risa, mientras todo sigue dando vueltas. También hay rastros de soledad en su mirada. Igual que en la de Ana. Igual que en la de Laura. Es difícil decirlo. Yo casi nunca veo a la gente que me acusa.