martes, 25 de marzo de 2014

Un niño jugando a ser país

El nuestro, es un territorio que comprende un poco más de 21,000 Km2  (Un poco más, un poco menos, con todo y las islas que el vecino se atribuye como propias).  Es un país pequeño. Bastan un par de horas para ir de un extremo al otro, bastan un par de días para verlo todo, lo bueno, lo malo; todo. Podríamos, y quizá debiéramos tener más, pero no. Si la gente no cabe, no importa; igual, estamos diseminados por todo el mundo. Somos un país pequeño, cierto, pero más que por la extensión territorial, somos un país pequeño porque somos como un niño: un niño que quiso jugar a ser país.

Solo en El Salvador (como se dice aquí popularmente) se puede asesinar a un obispo en plena liturgia y treinta y cuatro años después, no solamente el caso ha sido relegado al olvido sino que además, el supuesto asesino es alabado y recordado con más emoción que al propio Óscar Romero. Solo aquí, un ex presidente puede robar millones de dólares y salir del país con toda tranquilidad. Y solo aquí, se persigue y juzga una expresión artística que no perjudica a nadie. Sí, también aquí, un Ferrari del año amanece estrellado en una plaza y el presidente en funciones va al hospital por causas totalmente diferentes. Claro, solo aquí.

En muchos sentidos, El Salvador es un niño que quiso jugar a ser país. Somos una sociedad inmadura y nuestro pensamiento quedó atrofiado por la ausencia de ideas y sentimientos. El Salvador es un niño que sigue pensándose niño, con casi doscientos años de historia. Una historia que también está ausente, porque aquí, lo que sucedió ayer, ya no existe. La (falta de) memoria histórica es el principal cáncer de nuestro territorio. Por eso, cada cinco años seguimos pensando que vamos a renacer con una propuesta de gobierno maquillada, que nada más apela al sentimentalismo y al miedo. Por eso, las mismas ratas siguen ascendiendo a los escaños y los gabinetes de gobiernos se olvidan de la cultura y el deporte, como eje fundamental de un sociedad saludable. Por eso somos El Salvador: un conjunto de estadísticas que dan pena. Una masa que se deja arrastrar por la globalización indiscriminada y salvaje. Nuestra economía es víctima de uno de los capitalismos más salvajes de Latinoamérica, dónde al empleador nada más le interesa hacer dinero y poco le importa que sus empleados  apenas reúnan las mínimas condiciones de una vida sostenible. Somos "el país de la eterna sonrisa", porque la inseguridad nos obliga a hacer eso: sonreír por no llorar. Nuestro país es un niño que no sabe que prostituye su estatus quo a la mejor apuesta económica extranjera, aunque presuma su independencia por todo lo alto cada 15 de septiembre. Aquí el nacionalismo se confunde con el patriotismo. Aquí llenamos el estadio cuando juega "la Selecta" mientras los teatros mueren de inanición y las iglesias pululan en cada esquina, clamando a un Dios que vive en las nubes y no en los corazones.

El himno nacional dice que la libertad la escribimos con sangre, pero nada dice sobre cerrar las heridas y conciliar con la memoria. Queremos seguir creyendo que somos una patria soberana y no somos más que el escenario de un teatro de afuera, cuando conviene. Por eso no llegamos a nada, porque no tenemos nada. Por eso, somos un niño queriendo jugar a ser país, pensando que la democracia es un juguete y que la justicia social es un regalo de navidad bajo el árbol. Por eso no tenemos nada, todo se lo han llevado, empezando por la inocencia. Por eso, todo se seguirá repitiendo: estamos condenados a a repetir la historia hasta que aprendamos de ella. Por eso, somos El Salvador: un lugar condenado y sin salvación. Mientras sigamos esperando cambios en el paradigma gubernamental, todo seguirá como siempre. Por eso, hasta que nosotros hagamos la diferencia, nada cambiará. Y el niño seguirá jugando a la sombra de su bandera

jueves, 6 de febrero de 2014

Eso de escribir, a pesar de todo

Dice Michael Chabon (Washington, 1950) que un libro trata de matar a su autor constantemente, durante su creación. Me parece, si no recuerdo mal, que fue cuando la que hubiera sido su segunda novela (continuación de The Mysteries of Pittsburgh, 1988) no logró superar la etapa creativa. Por supuesto Chabon, uno de los autores contemporáneos más prestigiosos, continuó su carrera y escribió muchos más libros. En fin, la lección quedó. Y me parece, sigue siendo válida para cualquier generación de autores. 

Qué decir entonces de este oficio, que de antemano advierte: "Cuidado; voy a acabar contigo." ¿Qué decir de lo que implica construir un libro, desde el momento mismo en que esa escena salta de nuestra mente y grita: "¡escríbeme!" hasta esa tediosa madrugada en que se logra desatar el nudo que por semanas ha estado amenazando mandar todo al carajo? ¿Qué decir de eso de escribir, a pesar de todo?

Para empezar, que es cierto. Escribir, cuando se tiene ese algo importante que decir, es un compromiso. Nada hay más triste, digo yo, que ver un escrito morir de causas naturales. Sabiendo qué nada más se puede hacer por él, que se llega al punto en que la trama, colapsa sobre sí misma irremediablemente. Esa es la muerte del texto, y una pequeña muerte para el autor. 
Toda vida tiene una lista de cosas que, eventualmente estamos tentados a cumplir. Varía de persona a persona, claro; plantar un árbol, tener un hijo, viajar, hacer dieta, escribir un libro, no importa cuál. Pero cuando se escoge una, hay que saber que se adquiere una responsabilidad a largo plazo. En este caso, escribir, bien podría ser bastante parecido a tener un hijo. Hay que saber que todo comienza como una idea, que va creciendo, desarrollándose y conforme el proceso avanza, adquiriendo voz propia y voluntad. Cómo autor, nada más queda saber entenderlo y llevarlo hasta el final, hasta ese último punto que cierra el capítulo y pone fin a un proceso que parecido interminable. Claro, si se le pregunta al autor, igual que una pintura, el trabajo jamás está terminado. 

Mientras tanto, lo que dice Chabon, se vive a diario. Muchas veces, el texto exige no solamente una leve giro en la trama, pues, siempre surgen "vueltas de tuerca" que ni siquiera se esperan. Personajes que necesitan ser incluidos y muchos otros que simplemente no terminan de encajar. Así es el oficio del escritor: un ritual casi monástico que implica alejarse, abstraerse del mundo y pasar horas frente al teclado o la página hasta que se resuelven todos los "peros" y se endereza el camino. Y ahí es dónde el instinto asesino se desata. 

Personalmente, vivir la experiencia es difícil como satisfactoria. Como autor, uno enfrenta dilemas y lo quiera uno o no, le toca vivir los pequeños dramas de cada personaje. El autor se involucra de tal manera que, su estado de ánimo cambia en función de la situación de sus personajes. Esto, es subjetivo claro, pero no deja de ser inquietante. Habrá que reír y llorar, ceder y recibir, corregir y eliminar constantemente. Es quizás lo más tedioso del proceso: las interminables horas que se le dedica a la corrección de un texto. ¿Cómo no pretender que el espíritu salga herido? No se puede. 

¿Por qué escribir entonces? Y especialmente algo tan complicado como una novela, Borges afirmaba que no tenía necesidad de escribir tanto; en un cuentos lo decía todo. Por que vale la pena. Por que el proceso deja mucho aprendizaje personal. Al final, un libro no es más que el reflejo de su autor. Se deja una parte de cada autor en cada libro. Olviden la fama, publicar, los premios y los "reviews" del New York Times. Escribir es casi una necesidad biológica, que se puede escoger o no, pero jamás cuestionar. 

Por que cada autor tiene algo qué decir y a veces, ni su propia voz, ni toda la pintura al óleo o los acordes de una guitarra alcanzan. Aunque el texto pase años en el disco duro, o almacenado en una gaveta, un día verá la luz inevitablemente y no queda más que agradecerle, por tantas cosas recibidas. 

Me quedo con un fragmento de un amigo escritor, de su reciente libro "Uno Dice"

"Uno dice silencios de fuego.
Uno quiere decir y no puede.
Uno sabe el abismo.
Eso es todo.
Uno dice y no entiende.
Eso duele. 

Pero no importa.
Uno dice.
Eso es suficiente."

Mario Zetino (Uno Dice, Índole, 2014)








viernes, 24 de enero de 2014

Un café con Camus

Con una chocante levedad (pero nada que ver con la de Kundera), Meursault asiste al velorio de su madre. Un viaje de dos horas en autobús desde Argel. El Extranjero (1942) empieza así: con una muerte. Y termina en otra muerte; la del protagonista. Es cierto que es una muerte en standby, pero no deja de ser muerte. Ruíz Zafon dice que todas las buenas historias empiezan y terminan en un cementerio. Yo digo que hay peor muerte que esperar la muerte. 

Disculpará Camus, espero, que desempolve su primera novela para tener un trasfondo a mi desvarío.  Es que la situación lo hace adecuado. Yo, como Meursault, también me siento que no pertenezco a esta sociedad, bendita ubérrima prole que se atasca entre el tráfico, la corrupción social y el ínfimo espacio que nos tocó geográficamente. ¿Qué le parece San Salvador, señor Camus? Nada que ver con su Argel de finales de colonia, supongo. Entonces, ¿qué hace un monsieur Meursault colgado de un microbús de la ruta 44, en camino a casa? Voy así, sintiéndome (o mejor dicho queriéndome sentir) extranjero en mi país. Voy, junto con un poquito más de seis millones (ya casi seis y medio), rumbo a un nuevo período electoral, dónde más que escoger mandatario, vamos a comprobarnos qué es lo que el país necesita a cambio de una mediocre, fascista, irrelevante, poco pospositiva y hasta con tintes terroristas, de parte de los tres candidatos en contienda. Nada más aclaro: de elecciones no tienen nada. Sólo votamos por el menor de tres males. O eso pretendemos todos los que estamos exentos del dogma político. No nos han dejado elegir; siempre tenemos que seguir aguantando los mismos los mismos personajes reciclados, pertrechados detrás de su anquilosada manera de hacer política. Otra vez, sabrá usted, San Salvador está tapizado con los mismos rostros que más que propaganda son obras de arte de photoshop. Y así, en menos de una semana vamos a saber "que ondas" como decimos aquí. Así; extranjero, con una odiosa levedad, sabiendome inocente como  Meursault, voy a sentirme culpable de haber sobrevivido a otra contienda electorera. Aun y cuando yo, como muchos, seguramente vamos a anular el voto el 2 de febrero. Ése será el crimen, al que me empuja esta sociedad.  

Para qué anular el voto, me dirá usted. No por falta de convicciones; no. Nada tiene que ver la neutralidad política que digo tener. Lo que pasa es que, el país necesita cambiar. Ya cambió con el gobierno anterior, dice su campaña, y quiere seguir cambiando. Pues, hagámoslo. Enseñémosle a todos esos mercenarios que ellos simplemente son los representantes del pueblo, para que no se les olvide que gobiernan por ellos y para ellos. Demostrémosle que nuestra voluntad no vale una promesa absurda con plazo de cien días, ni tampoco un esfuerzo social que es responsabilidad del gobierno y que nada de célebre tiene, ni mucho menos un paquete de propuestas que debieron cumplirse hace diez años. 

Anular el voto es más que anárquico per sé; es el modo más efectivo que tenemos de protestar en contra de una campaña nefasta y un futuro que pinta negro de todos modos. Es un pequeño paso, pero hay que darlo. De algún modo empiezan las revoluciones (del pensamiento). Es lo que merece una sociedad que nos despoja de identidad y nos convierte en masa. Igual que en su libro, señor Camus; El Salvador nos aliena, nos hace sentirnos ajenos. Extranjeros en suelo propio. Eso merecen nuestros sistemas políticos y su manera de hacer negocio. Anular el voto es una decisión. Es un grito para exigir que todos esos dizque políticos se eduquen mejor antes de hacer proselitismo. 

Que necesitamos un Mandela, o un Mujica: bonita utopía. Necesitamos despertar. Necesitamos reclamar  residencia en nuestra patria. Todo empieza con la voluntad de hacer las cosas diferentes, porque, como decía Einsten; hacer las mismas cosas y esperar resultado diferentes, es estar loco. Hay que darse cuenta de que somos los responsables de nuestro futuro. Nosotros; no un títere de corbata. Ahora más que nunca, y nunca mejor dicho, la oportunidad la tenemos en la mano. ¿Será que vamos a seguir en lo mismo? Si encontramos una  respuesta y no la usamos, estamos peor que antes. Tiene razón Confucio. 

Me termino el café, en compañía del libro de Camus y me pregunto tantas cosas. Cómo Maursault, de nuevo, espero la sentencia y me reanima pensar que a mis palabras escritas, las reciban muchos espectadores llenos de odio. !Qué odiosa levedad, de sentirse extranjero! Somos parte de un teatro de lo absurdo, monsieur Camus. Il n'est pas?