miércoles, 3 de diciembre de 2014

Se aprovecharon de su nobleza

Me sumo a las miles y miles de personas que sienten tristeza por la muerte de Chespirito. Me siento admirador de su programa y de sus personajes, a fuerza de haber crecido frente al televisor con ellos. Cierto es que Roberto Gómez Bolaños se volvió un ícono incluso antes de morir, debido a que sus creaciones ─no solamente los personajes que encarnó─ han trascendido generaciones y fronteras. Fue el cómico favorito de mi abuelo y todavía alcanzó a ser de los míos. Recuerdo verlo de niño y sigo haciéndolo al día de hoy. Sin dudarlo, el mundo del espectáculo y las artes en general ha perdido a uno de sus baluartes más emblemáticos de siempre. 

Después de revisar la vida de este singular actor, guionista, director, escritor y algo más, me sorprendo con su trayectoria y sus logros. Pero me ha sorprendido aun más el alcance del poder que ni él, ni el Hombre Araña y todo los demás héroes de historieta juntos hubieran podido derrotar: los medios de comunicación. 
Sólo puedo imaginarme, a Enrique Peña Nieto (presidente de México) en su despacho, ensombrecido y sumido en una crisis que se le escapó de las manos. Ahí, solo, sin saber qué hacer diciendo de pronto: "Oh, y ahora ¿quién podrá defenderme?" Entonces, Roberto Gómez Bolaños aparace de la nada y le dice: "¡Yo!" Peña Nieto sonríe y Gómez Bolaños continúa: "Escucha, acabo de morir en mi casa de Acapulco. Sé que no era el momento, pero un día tenía que ser. Márcale a Azcárraga y dile que monte un tremendo show mediático con mi funeral y masivos homenajes que se transmitan incluso entre los comerciales, para que así, la gente se olvide de tu pésima gestión por un momento".  Peña Nieto cuelga el teléfono en su despacho después de recibir la noticia y las sombras se van. "¡No contaban con mi astucia!" dice emocionado. 

Por supuesto, cualquier tributo a Roberto Gómez Bolaños es poco para agradecer el legado invaluable de este genial creador. Sin embargo, es curioso como las cosas suceden de pronto, en el momento que deben suceder. Como por arte de magia. Actualmente, el gobierno de Peña Nieto, ha alcanzado una nivel de aprobación tan bajo que apenas alcanza el el 39% Eso lo dice una reciente encuesta del periódico Reforma. Más bajo incluso que el gobierno de Ernesto Zedillo que a mediado de los noventa, comandaba el país en medio de una crisis económica. Por eso, cualquier cosa que sirva para distraer la atención pública e internacional ─aunque tan solo sea por unos días─ parece ser bienvenido. En un instante México, pasó de ser el país donde 47 reformistas se borran del mapa mientras el gobierno calla y las protestas crecen, para pasar a ser el país que despide con con galas al héroe de toda Latinoamericana. 

Los medios de comunicación, el cuarto poder del estado en muchos esquemas de gobierno, es quien manda. En México y en cualquier país del mundo. La televisión nos dice cómo pensar y qué enfocarnos. No en vano es un negocio millonario y dueño de la voluntad popular. "El que paga el músico, pone la canción". Y en este sentido, la estrategia del "Panem et circenses" ha vuelto a funcionar. 

Sí, Roberto Gómez Bolaños fue un genio indiscutible, con todo y las críticas que los pseudo-intelectuales sacan a su obra ahora que ha muerto. Seguramente se fue "sin querer queriendo", como resalta un medio impreso de México haciendo referencia a una inmortal frase de uno de sus personajes. Pero sin querer queriendo, queda demostrado que los medios, manipulan la opinión pública. Guardan silencio por la corrupción y los asesinatos que a diario acontecen y de pronto se vuelcan a cubrir y difundir la imagen de Chespirito por todas partes. Como miles, yo también lamento la muerte de éste singular hombre. Creo injusto que se utilice su muerte como cortina de humo para tapar los problemas de una sociedad en crisis. Como en la unión mexicana, en El Salvador, en toda América y el mundo, suceden a diario aberraciones que se intentan cubrir como tapando el sol con el dedo. Los medios de comunicación, son el aliado preferido de la corrupción. Y hasta hoy, no ha existido superhéroe que haya podido contra ellos. 

Descanse en Paz, Roberto Gómez Bolaños. Ahora, como solía decir Shakespeare (de quien surgió el mote que lo hizo famoso) empieza la leyenda pues, "sólo después de la muerte se empieza a vivir". El mejor homenaje que podemos rendirle a él y tantos otros, es aparte de no olvidarnos nunca, es hacer que la justicia prevalezca y se cumpla en todos lados. Hasta siempre, Chapulín. 






lunes, 13 de octubre de 2014

"¿Eduación, la Solución?"

Después del conflicto armado que vivió el Salvador en la década de 1980, hasta el cese a las hostilidades, en enero de 1992, uno de los procesos más llamativos (y significativos) que el gobierno impulsó fue la Reforma Educativa en 1995. De esta reforma, cuyos ejes principales era centrar el proceso educativo en el estudiante y el aprendizaje, y la desentralización de los procesos de decisión para lograr la participación activa de la comunidad, ahora queda nada más el eco de la pregunta, siempre persistente, de los resultados obtenidos. En aquellos años, bajo el lema, "Educación la Solución", se elaboró un plan decenal (1995-2005) cuyos resultados fueron evidentes en gran medida, si se extraen resultados globales y productos totales. Pero esta realidad, a diez años de la planificación parecerían mentira. 

Recientemente, una niña afgana, Malala Yousafzai (1997) se convirtió en la persona más joven en ganar el Premio Nobel de la Paz por su lucha en favor de la educación. De si esta victoria resulta más conveniente como panfleto para señalar una haz de luz, en medio de un régimen opresivo como lo es el de los Talibanes, que asolan la realidad de muchos, entre ellos Malala, no dejó de generar discusión. Claro, si a esta niña, la hubiera masacrado un grupo de soldados norteamericanos (como ha sucedido ya) o hubiera sido víctima de un "Drone" del Reino Unido (Nobel de la Paz en 2012); seguramente ni supiéramos su nombre. Es simplemente otra perspectiva de una misma realidad. En occidente celebramos el triunfo de Malala sin darnos cuenta que nosotros mismos, el régimen libertador de occidente abanderado por E.E.U.U, hemos sido en parte, los creadores de ése otro régimen opresor. Pecamos al menos de omisión, sino de facto. 
Pero eso que queda a la conciencia de la política y las banderas plantadas en tierras lejanas.  

Malala Yousafzai, dijo en su discurso ante la asamblea general de la  ONU, “Un niño, un profesor, un libro y una pluma pueden cambiar al mundo. La educación es la única solución”. Durante años, esta niña se mantuvo al pie de un blog anónimo hasta lograr ser escuchada y alcanzar notoriedad internacional, con Premio Nobel. Muy admirable de su parte. Seguramente ella, junto con tantos otros santos ortodoxos, se convertirá en símbolo de una lucha que, en cualquier parte, resulta por mucho, necesaria.

"Algunos niños no quieren consolas, quieren un libro y un bolígrafo para ir al colegio". Discurso ante el Parlamento Europeo. 

Estremecedoras palabras. Válidas. Incluso aquí, en donde la educación ha venido sufriendo transformaciones constantes, ante un sistema a que no todos parecen ajustarse. Por supuesto, la educación es siempre la solución y en este sentido, la implementación de paquetes escolares, alimentación, vestimenta e insumos escolares tecnológicos por parte del gobierno en turno, no ha dejado de tener un impacto positivo en nuestra realidad. El problema, y con esto volvemos al planteamiento inicial, es que son resultados globales. De ninguna manera, estas estadísticas se ajustan al día a día de las escuelas, donde apenas un porcentaje limitado de estudiantes, destacan, siendo que la gran mayoría parece no poner interés y asisten a clases únicamente por compromiso. ¿Hacia donde va el rumbo de la educación actualmente en El Salvador? No a formar adultos profesionales competentes (baste echar una ojeada a cualquier programa de estudios en los últimos años), es evidente que la calidad ha desmejorado. 
Nuestros gobiernos (tricolores o monocromáticos) han parecido apostarle a la economía para lograr un avance significativo de nuestro país. Inyectado economía, parecería ser la premisa, El Salvador crecerá. Construyendo metrópolis a la altura de los estándares cosmopolitas contemporáneos, encontraremos el camino de salida al estanque social, cultural y económico que aún rige a nuestro país. Eso no funcionó, ni funcionará (a corto plazo, al menos). Entonces, ¿Educación? Claro: ¡He ahí la respuesta!

Pero, ¿que habrá que hacer? ¿Construir centros de estudios con infraestructura moderna? ¿Dotar de equipos electrónicos de vanguardia a las escuelas? ¿Capacitar docentes? (algo sumamente urgente, por cierto). Al parecer no. Nada de esto funcionaría, dado que el interés no viene de la escuela, sino del estudiante. De la gran mayoría de niños que asisten a clases, en cualquier lugar y condición del país, son pocos lo que vislumbran un futuro prometedor. No se equivocan. ¿De qué sirve obtener las mejores notas, sobresalir, agenciarse galardones, becas y primeros lugares, si después, tras enfrentar un proceso educativo superior universitario, todos ellos sin excepción van a encontrar una realidad que no ofrece oportunidades? No es de extrañar el desánimo y la falta de interés. Está visto que, es mucho más rentable aprender un oficio o convertirse en músculo de maquila, emigrar o "rebuscarse" como se dice por acá. ¿Cuántos profesionales titulados, terminan optando por un negocio mediocre o desempeñándose en otro rubro distinto al suyo y que por cierto les resulta más rentable? Sin mencionar el acoso de la violencia y los grupos delictivos, que brindan una opción nada más: unirse o morir en el escape. 
Muchas cosas podrían hacerse, pero ante nada, habría que mejorar las condiciones locales para el desarrollo de las nuevas generaciones. Ofrecer un campo laboral digno y sostenible para el mercado nacional. Estimular el crecimiento empresarial regional, por ejemplo (¡Bienvenido Nayib! A ver si esas ideas florecen en este cementerio) En fin, promover un futuro, antes de pensar en modificar el presente. ¿Será tan imposible de lograr en realidad? 

“Parte de la naturaleza humana es que no aprende la importancia de nada hasta que se nos arrebata algo de nuestras manos”. Entrevista en The Daily Show.

Parece que el discurso de Malala, es inmune por acá. Y lo será, hasta que no se empiece a generar un futuro digno para tanto estudiante que por ahora, sólo piensa en averiguar cuánto cobra un "coyote" para entrar a los Estados Unidos. Por tanto, se agradece que los cambios empiecen a generarse de inmediato. Pero mientras los estudiantes no logren visualizar qué hacer con el futuro que pretenden construir, las ideas como las de Malala Yousafzai, quedrán ahí donde las vemos, en una pantalla de televisión o en un ideal escrito en menos de 120 caracteres. 

Que no desistan de su lucha todos los que tiene algo importante que decir, que no dejen de otorgar Premios Nobel a quienes merecen ser escuchados, pero ante todo, que no desista la esperanza de hacer de este país, un lugar mejor para todos. "Educación, la Solución". Desde luego. Siempre y cuando, esa solución pueda ofrecer una razonable herramienta para el desarrollo y la construcción de un futuro sensato.



Las 17 frases de Malala Yousafzai, la nobel de paz de 17 años


martes, 16 de septiembre de 2014

No soy salvadoreño

Estás de pie, anticipando de alguna manera el momento. Sentís electricidad recorrer tu cuerpo. Comenzás a aclarar la garganta, preparando la voz para entonar el canto. Entonces, las primeras notas comienzan a reverberar por los altavoces y vos te llevás la mano derecha sobre el corazón, mientras ves ondear la bandera en algún lugar. Ahora te das cuenta que los que están a la par tuya, en lugar de tener la mano en saludo respetuoso, comienzan a abrazarse en línea, formando una cadena inmensa. Llegó la hora de entonar. Solo que aquí, el himno no se canta; se grita a todo pulmón.    

No, no es 15 de Septiembre, ni mucho menos estás ante el pabellón nacional. Estás en el Estadio Cuscatlán, y la Selecta está a punto de batirse en duelo ante el rival de turno. Da igual quien sea, lo importante es que hay que hacerle sentir al rival que esta no es su casa; que es un intruso al que hay que hacer sentir tan pequeño como sea posible. Hay un poco menos de 53,000 personas con la misma idea que vos. Nunca antes te sentiste más orgulloso de ser salvadoreño. 90 minutos más tarde, El Salvador habrá perdido seguramente, o quizá empatado si es que deciden esforzarse. Regresás a tu casa y ves el resumen al día siguiente. Comentás el partido con tus cheros y tapizás tu muro de Facebook con fotos tuyas luciendo la azul y blanco que te costó 10 pesos (regateando) afuera del estadio. Y luego todo queda atrás. 

Ese es nuestro país. Un lugar donde los que lloran con el himno, no viven acá. Donde da vergüenza cantar el himno si no estás medio a verga, frente a una cancha de fútbol. Olvídense del Ébola y el Chikungunya (o como diablos se llame); aquí nuestra peor enfermedad es la falta de identidad nacional. El asco que nos da, igual que a Eduardo Vega en el libro a Castellanos Moya. Sentimos desprecio por nuestro patrimonio, desconocemos nuestra cultura y albergamos ignorancia de nuestra historia. Siendo que el resto de países latinoamericanos, en tiene una identidad bien definida, de la cual se sienten orgullosos e intentan resaltar ampliamente,  al salvadoreño promedio le disgusta todo de su país. La próxima vez que se encuentre con un mexicano, pregúntele sino me cree. 

Nosotros conocemos todo lo malo de aquí, y nada de lo bueno. Y es problema que se acentúa año con año. ¿Qué significa ser salvadoreño? El gobierno nos da una idea: un desfile anual, donde le rendimos tributo a los militares que la década de los 80 masacraron a tantos inocentes. Nuestra independencia de España, no es más que la fecha en los noble dejaron de pagar tributo a la corono española. Aquí no hay libertad, nuestra cabeza tiene precio, cada vez que salimos de casa, cada vez que abordamos un autobús. ¿Cuál independencia cuando tantos hermanos prefieren arriesgar su vida mirando al norte? La cultura no existe aquí. El monopolio del arte no sirve más que para alimentar el consumo de piezas decorativas para quienes las pueden pagar. No nos pertenecemos; nunca fuimos propios. Desde los pueblos originarios que incluso eran ajenos cuando se asentaron en el territorio. La única libertad que hemos pretendido buscar, no provino de los próceres, sino de las clases que sufrían represión aplastante. Los Nonualcos primero, el 32 después. Pero eso no cuenta; eran hordas salvajes y peor aún, comunistas. Este es el reino de la injusticia, la desigualdad y el desprecio por lo propio. Donde tenés que hablar otro idioma si querés salir adelante. La memoria es un fantasma que nos aterra cada vez más. Solo negándonos, hemos hallado la identidad; una hipérbole de mentiras, demagogia barata. ¿En verdad existimos como tales? ¿Como salvadoreños?

Pero vos tranquilo. No pasa nada. Recordá que estás en el estadio y la Selecta está a punto de mover la pelota. Los noventa minutos más salvadoreños que pueden existir. Disfrutá el partido, amañado o no, eso es todo lo que somos. "Saludemos la patria orgullos, de hijos suyos podernos llamar".

martes, 25 de marzo de 2014

Un niño jugando a ser país

El nuestro, es un territorio que comprende un poco más de 21,000 Km2  (Un poco más, un poco menos, con todo y las islas que el vecino se atribuye como propias).  Es un país pequeño. Bastan un par de horas para ir de un extremo al otro, bastan un par de días para verlo todo, lo bueno, lo malo; todo. Podríamos, y quizá debiéramos tener más, pero no. Si la gente no cabe, no importa; igual, estamos diseminados por todo el mundo. Somos un país pequeño, cierto, pero más que por la extensión territorial, somos un país pequeño porque somos como un niño: un niño que quiso jugar a ser país.

Solo en El Salvador (como se dice aquí popularmente) se puede asesinar a un obispo en plena liturgia y treinta y cuatro años después, no solamente el caso ha sido relegado al olvido sino que además, el supuesto asesino es alabado y recordado con más emoción que al propio Óscar Romero. Solo aquí, un ex presidente puede robar millones de dólares y salir del país con toda tranquilidad. Y solo aquí, se persigue y juzga una expresión artística que no perjudica a nadie. Sí, también aquí, un Ferrari del año amanece estrellado en una plaza y el presidente en funciones va al hospital por causas totalmente diferentes. Claro, solo aquí.

En muchos sentidos, El Salvador es un niño que quiso jugar a ser país. Somos una sociedad inmadura y nuestro pensamiento quedó atrofiado por la ausencia de ideas y sentimientos. El Salvador es un niño que sigue pensándose niño, con casi doscientos años de historia. Una historia que también está ausente, porque aquí, lo que sucedió ayer, ya no existe. La (falta de) memoria histórica es el principal cáncer de nuestro territorio. Por eso, cada cinco años seguimos pensando que vamos a renacer con una propuesta de gobierno maquillada, que nada más apela al sentimentalismo y al miedo. Por eso, las mismas ratas siguen ascendiendo a los escaños y los gabinetes de gobiernos se olvidan de la cultura y el deporte, como eje fundamental de un sociedad saludable. Por eso somos El Salvador: un conjunto de estadísticas que dan pena. Una masa que se deja arrastrar por la globalización indiscriminada y salvaje. Nuestra economía es víctima de uno de los capitalismos más salvajes de Latinoamérica, dónde al empleador nada más le interesa hacer dinero y poco le importa que sus empleados  apenas reúnan las mínimas condiciones de una vida sostenible. Somos "el país de la eterna sonrisa", porque la inseguridad nos obliga a hacer eso: sonreír por no llorar. Nuestro país es un niño que no sabe que prostituye su estatus quo a la mejor apuesta económica extranjera, aunque presuma su independencia por todo lo alto cada 15 de septiembre. Aquí el nacionalismo se confunde con el patriotismo. Aquí llenamos el estadio cuando juega "la Selecta" mientras los teatros mueren de inanición y las iglesias pululan en cada esquina, clamando a un Dios que vive en las nubes y no en los corazones.

El himno nacional dice que la libertad la escribimos con sangre, pero nada dice sobre cerrar las heridas y conciliar con la memoria. Queremos seguir creyendo que somos una patria soberana y no somos más que el escenario de un teatro de afuera, cuando conviene. Por eso no llegamos a nada, porque no tenemos nada. Por eso, somos un niño queriendo jugar a ser país, pensando que la democracia es un juguete y que la justicia social es un regalo de navidad bajo el árbol. Por eso no tenemos nada, todo se lo han llevado, empezando por la inocencia. Por eso, todo se seguirá repitiendo: estamos condenados a a repetir la historia hasta que aprendamos de ella. Por eso, somos El Salvador: un lugar condenado y sin salvación. Mientras sigamos esperando cambios en el paradigma gubernamental, todo seguirá como siempre. Por eso, hasta que nosotros hagamos la diferencia, nada cambiará. Y el niño seguirá jugando a la sombra de su bandera

jueves, 6 de febrero de 2014

Eso de escribir, a pesar de todo

Dice Michael Chabon (Washington, 1950) que un libro trata de matar a su autor constantemente, durante su creación. Me parece, si no recuerdo mal, que fue cuando la que hubiera sido su segunda novela (continuación de The Mysteries of Pittsburgh, 1988) no logró superar la etapa creativa. Por supuesto Chabon, uno de los autores contemporáneos más prestigiosos, continuó su carrera y escribió muchos más libros. En fin, la lección quedó. Y me parece, sigue siendo válida para cualquier generación de autores. 

Qué decir entonces de este oficio, que de antemano advierte: "Cuidado; voy a acabar contigo." ¿Qué decir de lo que implica construir un libro, desde el momento mismo en que esa escena salta de nuestra mente y grita: "¡escríbeme!" hasta esa tediosa madrugada en que se logra desatar el nudo que por semanas ha estado amenazando mandar todo al carajo? ¿Qué decir de eso de escribir, a pesar de todo?

Para empezar, que es cierto. Escribir, cuando se tiene ese algo importante que decir, es un compromiso. Nada hay más triste, digo yo, que ver un escrito morir de causas naturales. Sabiendo qué nada más se puede hacer por él, que se llega al punto en que la trama, colapsa sobre sí misma irremediablemente. Esa es la muerte del texto, y una pequeña muerte para el autor. 
Toda vida tiene una lista de cosas que, eventualmente estamos tentados a cumplir. Varía de persona a persona, claro; plantar un árbol, tener un hijo, viajar, hacer dieta, escribir un libro, no importa cuál. Pero cuando se escoge una, hay que saber que se adquiere una responsabilidad a largo plazo. En este caso, escribir, bien podría ser bastante parecido a tener un hijo. Hay que saber que todo comienza como una idea, que va creciendo, desarrollándose y conforme el proceso avanza, adquiriendo voz propia y voluntad. Cómo autor, nada más queda saber entenderlo y llevarlo hasta el final, hasta ese último punto que cierra el capítulo y pone fin a un proceso que parecido interminable. Claro, si se le pregunta al autor, igual que una pintura, el trabajo jamás está terminado. 

Mientras tanto, lo que dice Chabon, se vive a diario. Muchas veces, el texto exige no solamente una leve giro en la trama, pues, siempre surgen "vueltas de tuerca" que ni siquiera se esperan. Personajes que necesitan ser incluidos y muchos otros que simplemente no terminan de encajar. Así es el oficio del escritor: un ritual casi monástico que implica alejarse, abstraerse del mundo y pasar horas frente al teclado o la página hasta que se resuelven todos los "peros" y se endereza el camino. Y ahí es dónde el instinto asesino se desata. 

Personalmente, vivir la experiencia es difícil como satisfactoria. Como autor, uno enfrenta dilemas y lo quiera uno o no, le toca vivir los pequeños dramas de cada personaje. El autor se involucra de tal manera que, su estado de ánimo cambia en función de la situación de sus personajes. Esto, es subjetivo claro, pero no deja de ser inquietante. Habrá que reír y llorar, ceder y recibir, corregir y eliminar constantemente. Es quizás lo más tedioso del proceso: las interminables horas que se le dedica a la corrección de un texto. ¿Cómo no pretender que el espíritu salga herido? No se puede. 

¿Por qué escribir entonces? Y especialmente algo tan complicado como una novela, Borges afirmaba que no tenía necesidad de escribir tanto; en un cuentos lo decía todo. Por que vale la pena. Por que el proceso deja mucho aprendizaje personal. Al final, un libro no es más que el reflejo de su autor. Se deja una parte de cada autor en cada libro. Olviden la fama, publicar, los premios y los "reviews" del New York Times. Escribir es casi una necesidad biológica, que se puede escoger o no, pero jamás cuestionar. 

Por que cada autor tiene algo qué decir y a veces, ni su propia voz, ni toda la pintura al óleo o los acordes de una guitarra alcanzan. Aunque el texto pase años en el disco duro, o almacenado en una gaveta, un día verá la luz inevitablemente y no queda más que agradecerle, por tantas cosas recibidas. 

Me quedo con un fragmento de un amigo escritor, de su reciente libro "Uno Dice"

"Uno dice silencios de fuego.
Uno quiere decir y no puede.
Uno sabe el abismo.
Eso es todo.
Uno dice y no entiende.
Eso duele. 

Pero no importa.
Uno dice.
Eso es suficiente."

Mario Zetino (Uno Dice, Índole, 2014)








viernes, 24 de enero de 2014

Un café con Camus

Con una chocante levedad (pero nada que ver con la de Kundera), Meursault asiste al velorio de su madre. Un viaje de dos horas en autobús desde Argel. El Extranjero (1942) empieza así: con una muerte. Y termina en otra muerte; la del protagonista. Es cierto que es una muerte en standby, pero no deja de ser muerte. Ruíz Zafon dice que todas las buenas historias empiezan y terminan en un cementerio. Yo digo que hay peor muerte que esperar la muerte. 

Disculpará Camus, espero, que desempolve su primera novela para tener un trasfondo a mi desvarío.  Es que la situación lo hace adecuado. Yo, como Meursault, también me siento que no pertenezco a esta sociedad, bendita ubérrima prole que se atasca entre el tráfico, la corrupción social y el ínfimo espacio que nos tocó geográficamente. ¿Qué le parece San Salvador, señor Camus? Nada que ver con su Argel de finales de colonia, supongo. Entonces, ¿qué hace un monsieur Meursault colgado de un microbús de la ruta 44, en camino a casa? Voy así, sintiéndome (o mejor dicho queriéndome sentir) extranjero en mi país. Voy, junto con un poquito más de seis millones (ya casi seis y medio), rumbo a un nuevo período electoral, dónde más que escoger mandatario, vamos a comprobarnos qué es lo que el país necesita a cambio de una mediocre, fascista, irrelevante, poco pospositiva y hasta con tintes terroristas, de parte de los tres candidatos en contienda. Nada más aclaro: de elecciones no tienen nada. Sólo votamos por el menor de tres males. O eso pretendemos todos los que estamos exentos del dogma político. No nos han dejado elegir; siempre tenemos que seguir aguantando los mismos los mismos personajes reciclados, pertrechados detrás de su anquilosada manera de hacer política. Otra vez, sabrá usted, San Salvador está tapizado con los mismos rostros que más que propaganda son obras de arte de photoshop. Y así, en menos de una semana vamos a saber "que ondas" como decimos aquí. Así; extranjero, con una odiosa levedad, sabiendome inocente como  Meursault, voy a sentirme culpable de haber sobrevivido a otra contienda electorera. Aun y cuando yo, como muchos, seguramente vamos a anular el voto el 2 de febrero. Ése será el crimen, al que me empuja esta sociedad.  

Para qué anular el voto, me dirá usted. No por falta de convicciones; no. Nada tiene que ver la neutralidad política que digo tener. Lo que pasa es que, el país necesita cambiar. Ya cambió con el gobierno anterior, dice su campaña, y quiere seguir cambiando. Pues, hagámoslo. Enseñémosle a todos esos mercenarios que ellos simplemente son los representantes del pueblo, para que no se les olvide que gobiernan por ellos y para ellos. Demostrémosle que nuestra voluntad no vale una promesa absurda con plazo de cien días, ni tampoco un esfuerzo social que es responsabilidad del gobierno y que nada de célebre tiene, ni mucho menos un paquete de propuestas que debieron cumplirse hace diez años. 

Anular el voto es más que anárquico per sé; es el modo más efectivo que tenemos de protestar en contra de una campaña nefasta y un futuro que pinta negro de todos modos. Es un pequeño paso, pero hay que darlo. De algún modo empiezan las revoluciones (del pensamiento). Es lo que merece una sociedad que nos despoja de identidad y nos convierte en masa. Igual que en su libro, señor Camus; El Salvador nos aliena, nos hace sentirnos ajenos. Extranjeros en suelo propio. Eso merecen nuestros sistemas políticos y su manera de hacer negocio. Anular el voto es una decisión. Es un grito para exigir que todos esos dizque políticos se eduquen mejor antes de hacer proselitismo. 

Que necesitamos un Mandela, o un Mujica: bonita utopía. Necesitamos despertar. Necesitamos reclamar  residencia en nuestra patria. Todo empieza con la voluntad de hacer las cosas diferentes, porque, como decía Einsten; hacer las mismas cosas y esperar resultado diferentes, es estar loco. Hay que darse cuenta de que somos los responsables de nuestro futuro. Nosotros; no un títere de corbata. Ahora más que nunca, y nunca mejor dicho, la oportunidad la tenemos en la mano. ¿Será que vamos a seguir en lo mismo? Si encontramos una  respuesta y no la usamos, estamos peor que antes. Tiene razón Confucio. 

Me termino el café, en compañía del libro de Camus y me pregunto tantas cosas. Cómo Maursault, de nuevo, espero la sentencia y me reanima pensar que a mis palabras escritas, las reciban muchos espectadores llenos de odio. !Qué odiosa levedad, de sentirse extranjero! Somos parte de un teatro de lo absurdo, monsieur Camus. Il n'est pas?