jueves, 19 de marzo de 2015

El arte de hacer política

La política, como cualquier buen ejercicio humano, es algo para lo que existe una manera adecuada de hacerlo y otra que no lo es, pero ello no significa que no lleve al mismo resultado. Supongo que sería trillado decir que la mayoría de políticos, acá como en el mundo entero, optan por la segunda. Bien por ellos. Se ve que les ha dado resultado y, ¿por qué cambiar el método? Sin importar si sabés nadar o no, lo importante es llegar a la orilla. La política, ante todo un show mediático, no es diferente. Después de todo, algo de arte o magia se requiere para política.

Sí, no se escucha tan complicado. Ahora, antes que te pongás a pensar qué color va a llevar tu banderita, o a qué lado vas a tirar, hay que saber que existen la política y los politiquería. Yo no lo sabía, pero aparentemente la RAE, define la politiquería como la acción de intervenir o entablar acciones políticas de manera superficial (o basarse en intrigas, demagogias y calumnias). Y añade por ahí, que es un término más bien común en América. Para los griegos, (politikos) era el arte del gobierno de la ciudad. He ahí la cuestión. No simplemente se trata de arengar masas, hacer proselitismo barato o regalar camisas con tu nombre. En El Salvador, ha quedado demostrado que poseemos un inepto y por demás inadecuado sistema electoral que, entre otras cosas, se ha tardado más de dos semanas en procesar los resultados de un ejercicio electoral para concejos municipales y la asamblea legislativa. Pero aquí la política es un chiste al final. Agoniza. Y las razones van mucho más allá de las autoridades o los mismos actores políticos.

He querido comparar el arte (en general) con la política porque creo que tiene puntos en común, o cuando menos, me ha servido para comprender algo que considero sumamente importante. En ambos casos, todo se trata de la imagen y el mensaje que se quiere mandar. El público siempre va a ponderar, ya sea tu aspecto como tus palabras. Para muchos artistas, lamentablemente pesa más la imagen que el contenido. Habrán excepciones, igual que en el caso de la política. Supongo que aquí nos enfrentamos a un caso de "Quis custodiet ipsos custodes?" Precisamente, ¿quién controla a los que nos controlan? (o pretenden hacerlo). Los movimientos sociales al rededor del mundo han seguido su paso, y a prueba y error, han demostrado su eficacia en determinadas sociedades. El Socialismo, primo y sucesor del temido Comunismo se ha abierto camino en economías que buscan emanciparse, teniendo en común la bandera de un cambio casi mesiánico que promete corregir rumbos y establecer nuevos poderes. El comunismo es revolución; el Socialismo es evolución según cita la teoría.

El problema es que la política es una bestia que se desata y no solamente ha de ser controlada por los políticos mismos, sino además, por el pueblo que será incidido directamente por ello. Es por eso que resulta sumamente importante no aferrarse a conceptos pre establecidos. Hacer política es un ejercicio de madurez intelectual y emocional. Si lo que a vos te gusta es usar camisa y banderas de un partido, mejor andá al estadio. La política evoluciona y con él, las ideas que adopta. Volviendo a la cuestión del arte; un artista, en cualquier rama que se desempeñe, no puede simplemente aferrarse a las tendencias del arte clásico y hacer de ellas su trabajo. Si un artista no admite nuevas ideas, técnicas y expresiones, se queda relegado. Se vuelve un artesano, un decorador vendedor de piezas utilitarias. Un político igual. Si un partido, quiere seguir suponiendo que las ideas de sus fundadores y máximas figuras del pasado siguen vigentes se volverán politiqueros. Y eso es algo que tanto los mismos políticos como sus correligionarios deben entender. Un partido de izquierda no puede seguir pensando: "¿qué diría Marx o el Che?" Tan ridículo como que la derecha siga pensando que los gobiernos militares, las dictaduras y el caudillismo sean la solución para todo. Las nuevas ideas tienen que venir, dejarse actuar. La gente espera cambios, pero quiere seguir atesorando las mismas ideas anquilosadas, que tal vez no hayan perdido vigencia del todo, pero ya no corresponden con los sistemas sociales que se pretenden construir.

Supongo que este breve ejemplo se puede aplicar a casi cualquier ámbito de actividad humana. No existen las verdades absolutas ni los mesías. Lo único que cabe son las acciones concretas, las soluciones viables y la esperanza de corregir rumbos, dejando el poder en manos nuevas. O en manos de gente coherente (si las hay) por lo menos. Puede que nada salga bien al final, pero es preciso abandonar las ideologías y darle paso a las ideas porque el arte de hacer política, es un acto de renovación constante donde la lucidez, ante todo, debe prevalecer.  

domingo, 1 de marzo de 2015

El arma más peligrosa

En mucho se parecen las palabras a las balas: nos quedamos sin ellas cuando más las necesitamos, y, como diría Richard Burton, "Una palabra hiere más profundamente que una espada". A diario decimos palabras. Ya sea por repetición, cortesía o necesidad de expresión de cualquier índole. El lenguaje, entendido como sistema de agrupación y regulación de palabras, ha acompañado a la humanidad desde siempre. Después de tantos años, ya parecen cualquier cosa menos una poderosa herramienta de expresión. 

Me llama la atención como, por ejemplo, en las escuelas el maestro es la luz que imparte conocimiento mientras, los alumnos prestan devota atención. En un caso ideal, por supuesto, los alumnos absorben este conocimiento, de manera que la labor del docente es difundir conocimientos y aportar al crecimiento intelectual y racional de sus estudiantes. Ya que hablar, es cosa de dos; el que dice, y el que escucha. Pero lo interesante viene cuando surgen esas pequeñas cuestiones que, por muy mínimas que parezcan, inciden de manera crítica en cualquier sistema. De un mínimo detalle podemos estar hablando, pero bien podría desintegrar el sistema que compone. Sea el caso: ¿Cuál es la preparación de los maestros, para validar su lugar en el salón de clases? Ya que a veces pareciera que les corresponde más el lugar de sus discípulos. Hablo exactamente de sistemas educativos, tan carentes como los de El Salvador. No solamente carentes de didáctica, pedagogía y contenido, sino incluso de cosas tan elementales como la personalidad y el carácter de los docentes. Algo que no debería ponerse en juicio, pero es la triste realidad de nuestro país. Acá, y probablemente en muchos lugares de América Latina y el resto del mundo, existe un severa deficiencia en cuanto al personal docente que imparte sus conocimiento en las aulas. La lista se puede hacer interminable: desde profesores que compiten con los alumnos a ver a quién le interesa menos las clases, hasta individuos de dudosa ética que buscan situaciones extra curriculares con sus pupilos. Es lamentable como algunos, ni siquiera saber expresarse frente a una clase. Muchos de ellos, ni siquiera saben cómo impartir una clase. Es seguro que poseen los conocimientos, pero carecen de metodología. Se limitan a dictar textualmente el contenido de libros que, en el mejor de los casos, están atrasados para que no caer en el uso del propio material didáctico en curso. E incluso eso sucede. He comprobado de buena fuente, que un docente competente, o por lo menos parecerlo, hay que interesarse en alimentar los conocimientos constantemente, día a día, la labor de un profesor es estar al día. En cambio, lo que sucede casi siempre es que el maestro, se escuda en sus credenciales obtenidas y automáticamente se vuelve incuestionable aunque hable sandeces frente a la clase. 

Todo comienza con una palabra. Una palabra errada puede causar que una mente en blanco se descarrile. 
Y si bien el alumno tiene todo el derecho a cuestionar al maestro, muchos de ellos ni siquiera tienen el interés de poner atención. Resultando que el sistema contamina el conocimiento y lo poco que el alumno pueda llegar a recordar, serán conceptos equivocados. Hasta aquí, el asunto es preocupante. Pero se vuelve terrorífico, cuando esta arma sale del salón de clases y ataca a la sociedad indiscriminadamente. 
Vivimos en un época en la que la información es capaz de viralizarse y llegar cualquier rincón en cuestión de segundos. ¿Y que valida esta información? Absolutamente nada. Cualquier persona puede expresarse por medio de las redes sociales y difundir información que seguramente llegará a miles de personas en solo instantes, como una chispa en un rastro de gasolina. 

La campaña política que actualmente afecta a nuestra sociedad salvadoreña (finalizada con las elecciones para el período 2015-2018, al momento de esta redacción) es un ejemplo claro de ello. Cualquiera que viniera para atestiguar lo que no ha sido más que una campaña sucia de principio a fin, me daría la razón. La campaña que ha partido de la idea de atacar al rival, en lugar de proponer acciones concretas, ha sido una de las más patéticas que puedo recordar recientemente. Y lo peor: la cantidad de ideas (si así se les puede llamar) que han circulado por las redes sociales, difamando la imagen de los candidatos. En un acto de pura demagogia, del que hemos hecho ya un arte en este país, nos encontramos con acusaciones que en lo personal no me parecen sino ridículas y por demás absurdas. Y digo esto por que no se trata del contenido, sino más bien, de la pregunta: ¿Habrá quienes crean la basura que se difunde? Y ¿Cuántos de ellos la pueden llegar a tomar por cierta? Muchos, miles seguramente. Es que todo se complementa a la perfección; una sociedad con escaso nivel cultural bombardeada con una obtusa propaganda que he llegado a pensar, es una campaña de idiotización nacional. Sólo en un país, tan pobre intelectualmente como El Salvador, eso podría funcionar. Todo eso me hace pensar que, si al menos, se dedicara un 10% de ése esfuerzo al sistema educativo actual, muchas cosas se lograrían. Quizá, incluso sacar al país de la vorágine de violencia que dinamita diariamente a la sociedad. 

La elecciones finalizan el noche de hoy (1° de marzo de 2015) y con eso se acaba el problema de la mala propaganda política barata. Al menos por un par de años. Pero el problema persiste. Desde los docentes incapaces hasta los alumnos sin interés por aprender. Entre todos, nos hemos encargado de desprestigiar a nuestro país sistemáticamente. Y así continuaremos, hasta que entendamos el valor de las palabras. El grave impacto que se genera a partir de ellas y cómo, pueden desviar el cause del intelecto, a pequeña o gran escala. Todo comienza siempre con una palabra.