En mucho se parecen las palabras a las balas: nos quedamos sin ellas cuando más las necesitamos, y, como diría Richard Burton, "Una palabra hiere más profundamente que una espada". A diario decimos palabras. Ya sea por repetición, cortesía o necesidad de expresión de cualquier índole. El lenguaje, entendido como sistema de agrupación y regulación de palabras, ha acompañado a la humanidad desde siempre. Después de tantos años, ya parecen cualquier cosa menos una poderosa herramienta de expresión.
Me llama la atención como, por ejemplo, en las escuelas el maestro es la luz que imparte conocimiento mientras, los alumnos prestan devota atención. En un caso ideal, por supuesto, los alumnos absorben este conocimiento, de manera que la labor del docente es difundir conocimientos y aportar al crecimiento intelectual y racional de sus estudiantes. Ya que hablar, es cosa de dos; el que dice, y el que escucha. Pero lo interesante viene cuando surgen esas pequeñas cuestiones que, por muy mínimas que parezcan, inciden de manera crítica en cualquier sistema. De un mínimo detalle podemos estar hablando, pero bien podría desintegrar el sistema que compone. Sea el caso: ¿Cuál es la preparación de los maestros, para validar su lugar en el salón de clases? Ya que a veces pareciera que les corresponde más el lugar de sus discípulos. Hablo exactamente de sistemas educativos, tan carentes como los de El Salvador. No solamente carentes de didáctica, pedagogía y contenido, sino incluso de cosas tan elementales como la personalidad y el carácter de los docentes. Algo que no debería ponerse en juicio, pero es la triste realidad de nuestro país. Acá, y probablemente en muchos lugares de América Latina y el resto del mundo, existe un severa deficiencia en cuanto al personal docente que imparte sus conocimiento en las aulas. La lista se puede hacer interminable: desde profesores que compiten con los alumnos a ver a quién le interesa menos las clases, hasta individuos de dudosa ética que buscan situaciones extra curriculares con sus pupilos. Es lamentable como algunos, ni siquiera saber expresarse frente a una clase. Muchos de ellos, ni siquiera saben cómo impartir una clase. Es seguro que poseen los conocimientos, pero carecen de metodología. Se limitan a dictar textualmente el contenido de libros que, en el mejor de los casos, están atrasados para que no caer en el uso del propio material didáctico en curso. E incluso eso sucede. He comprobado de buena fuente, que un docente competente, o por lo menos parecerlo, hay que interesarse en alimentar los conocimientos constantemente, día a día, la labor de un profesor es estar al día. En cambio, lo que sucede casi siempre es que el maestro, se escuda en sus credenciales obtenidas y automáticamente se vuelve incuestionable aunque hable sandeces frente a la clase.
Todo comienza con una palabra. Una palabra errada puede causar que una mente en blanco se descarrile.
Y si bien el alumno tiene todo el derecho a cuestionar al maestro, muchos de ellos ni siquiera tienen el interés de poner atención. Resultando que el sistema contamina el conocimiento y lo poco que el alumno pueda llegar a recordar, serán conceptos equivocados. Hasta aquí, el asunto es preocupante. Pero se vuelve terrorífico, cuando esta arma sale del salón de clases y ataca a la sociedad indiscriminadamente.
Vivimos en un época en la que la información es capaz de viralizarse y llegar cualquier rincón en cuestión de segundos. ¿Y que valida esta información? Absolutamente nada. Cualquier persona puede expresarse por medio de las redes sociales y difundir información que seguramente llegará a miles de personas en solo instantes, como una chispa en un rastro de gasolina.
La campaña política que actualmente afecta a nuestra sociedad salvadoreña (finalizada con las elecciones para el período 2015-2018, al momento de esta redacción) es un ejemplo claro de ello. Cualquiera que viniera para atestiguar lo que no ha sido más que una campaña sucia de principio a fin, me daría la razón. La campaña que ha partido de la idea de atacar al rival, en lugar de proponer acciones concretas, ha sido una de las más patéticas que puedo recordar recientemente. Y lo peor: la cantidad de ideas (si así se les puede llamar) que han circulado por las redes sociales, difamando la imagen de los candidatos. En un acto de pura demagogia, del que hemos hecho ya un arte en este país, nos encontramos con acusaciones que en lo personal no me parecen sino ridículas y por demás absurdas. Y digo esto por que no se trata del contenido, sino más bien, de la pregunta: ¿Habrá quienes crean la basura que se difunde? Y ¿Cuántos de ellos la pueden llegar a tomar por cierta? Muchos, miles seguramente. Es que todo se complementa a la perfección; una sociedad con escaso nivel cultural bombardeada con una obtusa propaganda que he llegado a pensar, es una campaña de idiotización nacional. Sólo en un país, tan pobre intelectualmente como El Salvador, eso podría funcionar. Todo eso me hace pensar que, si al menos, se dedicara un 10% de ése esfuerzo al sistema educativo actual, muchas cosas se lograrían. Quizá, incluso sacar al país de la vorágine de violencia que dinamita diariamente a la sociedad.
La elecciones finalizan el noche de hoy (1° de marzo de 2015) y con eso se acaba el problema de la mala propaganda política barata. Al menos por un par de años. Pero el problema persiste. Desde los docentes incapaces hasta los alumnos sin interés por aprender. Entre todos, nos hemos encargado de desprestigiar a nuestro país sistemáticamente. Y así continuaremos, hasta que entendamos el valor de las palabras. El grave impacto que se genera a partir de ellas y cómo, pueden desviar el cause del intelecto, a pequeña o gran escala. Todo comienza siempre con una palabra.
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