En el algún momento de la
historia, El Salvador encontró en el cultivo del café una de sus mayores
riquezas. A principios del siglo XIX, después como en su época lo hicieran el
cacao, el añil, el bálsamo o el algodón, el café se convirtió en una de las
principales fuentes de ingreso para la región centroamericana. Nuestro país se
vio favorecido especialmente por su geografía y su clima para la producción del
grano, que por aquellos años era altamente demandado. Fueron años de
prosperidad para la generación cafetalera que vivió sus años de mayor
esplendor, exportando toneladas del producto y así, construyendo una dinastía
de la que algún vestigio se niega a extinguirse. Basta echar un vistazo a la
historia y la arquitectura, para darse cuenta cómo las grandes familias se
veían favorecidas por el bienestar económico. Ciertamente, hubo condiciones económicas
adversas, agravadas por la gran crisis económica mundial de 1929, que precipitó
los precios y mermó la producción del café hasta reducirlo a su mínima expresión.
Pero, paralelo a ese hecho, un suceso de gran importancia aconteció por
aquellos años.
En el algún momento de la
historia, El Salvador encontró en el cultivo del café una de sus mayores
riquezas. A principios del siglo XIX, después como en su época lo hicieran el
cacao, el añil, el bálsamo o el algodón, el café se convirtió en una de las
principales fuentes de ingreso para la región centroamericana. Nuestro país se
vio favorecido especialmente por su geografía y su clima para la producción del
grano, que por aquellos años era altamente demandado. Fueron años de
prosperidad para la generación cafetalera que vivió sus años de mayor
esplendor, exportando toneladas del producto y así, construyendo una dinastía
de la que algún vestigio se niega a extinguirse. Basta echar un vistazo a la
historia y la arquitectura, para darse cuenta cómo las grandes familias se
veían favorecidas por el bienestar económico. Ciertamente, hubo condiciones económicas
adversas, agravadas por la gran crisis económica mundial de 1929, que precipitó
los precios y mermó la producción del café hasta reducirlo a su mínima expresión.
Pero, paralelo a ese hecho, un suceso de gran importancia aconteció por
aquellos años.
A comienzos del año 1932 una
revuelta popular se alzó en contra del gobierno y la oligarquía establecida a
expensas de los cultivos de café. La importancia histórica de ese hecho ha sido
ampliamente discutida: las miles de vidas que se perdieron por la represión
salvaje, la sistemática supresión de la identidad cultural y las consecuencias
políticas de una dictadura que apenas arrancaba. Sin embargo, existió un
detonante clave para que el alzamiento comenzara. Los patrones, dueños de las
fincas, abusaban de sus trabajadores y los explotaban, pagando una miseria por
su sufrida labor. El descontento llegó a tales niveles que provocó que las
clases trabajadoras se tomará las calles en busca de mejores condiciones. Hubo
claro, otros ingredientes que precipitaron el hecho, y como siempre, otros
intereses de por medio. Pero eso no cambia el resultado.
El hecho concreto fue que los dueños de las fincas, mientras llenaban sus bolsillos y construían sus propiedades ostentosas, se olvidaron de mejorar, dignificar al menos, las condiciones de trabajo y la vida de sus empleados. La presión cedió, la rebelión estalló y la historia cambió para siempre.
El hecho concreto fue que los dueños de las fincas, mientras llenaban sus bolsillos y construían sus propiedades ostentosas, se olvidaron de mejorar, dignificar al menos, las condiciones de trabajo y la vida de sus empleados. La presión cedió, la rebelión estalló y la historia cambió para siempre.
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar
el alma.” Dijo Jesucristo a sus discípulos alguna vez. Fue cierto hace dos mil
años, y lo fue también entonces. Si bien el gobierno militar aplacó el
levantamiento hasta casi hacer desparecer a la población originaria del país,
no pudieron acabar con la idea. Hubo que esperar más de cincuenta años para
que, ahora en forma de una guerra civil, el descontento volviera a encontrar una
válvula de escape. La lección fue la misma, la historia se repitió como volverá
a repetirse seguramente. Romero señaló en alguna de sus homilías que el
problema del país tenía raíces profundas. Si no se atacaba desde la raíz,
seguramente los nombres cambiarán pero no el panorama. Esto describe a la
perfección el problema más grande que aqueja al país. Un país disfuncional que
inexplicablemente funciona. Nuestro querido país, El Salvador impresionante; el país de la eterna sonrisa.
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