lunes, 20 de junio de 2016

Una disfuncionalidad que funciona (I).

En el algún momento de la historia, El Salvador encontró en el cultivo del café una de sus mayores riquezas. A principios del siglo XIX, después como en su época lo hicieran el cacao, el añil, el bálsamo o el algodón, el café se convirtió en una de las principales fuentes de ingreso para la región centroamericana. Nuestro país se vio favorecido especialmente por su geografía y su clima para la producción del grano, que por aquellos años era altamente demandado. Fueron años de prosperidad para la generación cafetalera que vivió sus años de mayor esplendor, exportando toneladas del producto y así, construyendo una dinastía de la que algún vestigio se niega a extinguirse. Basta echar un vistazo a la historia y la arquitectura, para darse cuenta cómo las grandes familias se veían favorecidas por el bienestar económico. Ciertamente, hubo condiciones económicas adversas, agravadas por la gran crisis económica mundial de 1929, que precipitó los precios y mermó la producción del café hasta reducirlo a su mínima expresión. Pero, paralelo a ese hecho, un suceso de gran importancia aconteció por aquellos años. 

En el algún momento de la historia, El Salvador encontró en el cultivo del café una de sus mayores riquezas. A principios del siglo XIX, después como en su época lo hicieran el cacao, el añil, el bálsamo o el algodón, el café se convirtió en una de las principales fuentes de ingreso para la región centroamericana. Nuestro país se vio favorecido especialmente por su geografía y su clima para la producción del grano, que por aquellos años era altamente demandado. Fueron años de prosperidad para la generación cafetalera que vivió sus años de mayor esplendor, exportando toneladas del producto y así, construyendo una dinastía de la que algún vestigio se niega a extinguirse. Basta echar un vistazo a la historia y la arquitectura, para darse cuenta cómo las grandes familias se veían favorecidas por el bienestar económico. Ciertamente, hubo condiciones económicas adversas, agravadas por la gran crisis económica mundial de 1929, que precipitó los precios y mermó la producción del café hasta reducirlo a su mínima expresión. Pero, paralelo a ese hecho, un suceso de gran importancia aconteció por aquellos años.
A comienzos del año 1932 una revuelta popular se alzó en contra del gobierno y la oligarquía establecida a expensas de los cultivos de café. La importancia histórica de ese hecho ha sido ampliamente discutida: las miles de vidas que se perdieron por la represión salvaje, la sistemática supresión de la identidad cultural y las consecuencias políticas de una dictadura que apenas arrancaba. Sin embargo, existió un detonante clave para que el alzamiento comenzara. Los patrones, dueños de las fincas, abusaban de sus trabajadores y los explotaban, pagando una miseria por su sufrida labor. El descontento llegó a tales niveles que provocó que las clases trabajadoras se tomará las calles en busca de mejores condiciones. Hubo claro, otros ingredientes que precipitaron el hecho, y como siempre, otros intereses de por medio. Pero eso no cambia el resultado.
El hecho concreto fue que los dueños de las fincas, mientras llenaban sus bolsillos y construían sus propiedades ostentosas, se olvidaron de mejorar, dignificar al menos, las condiciones de trabajo y la vida de sus empleados. La presión cedió, la rebelión estalló y la historia cambió para siempre.

“Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.” Dijo Jesucristo a sus discípulos alguna vez. Fue cierto hace dos mil años, y lo fue también entonces. Si bien el gobierno militar aplacó el levantamiento hasta casi hacer desparecer a la población originaria del país, no pudieron acabar con la idea. Hubo que esperar más de cincuenta años para que, ahora en forma de una guerra civil, el descontento volviera a encontrar una válvula de escape. La lección fue la misma, la historia se repitió como volverá a repetirse seguramente. Romero señaló en alguna de sus homilías que el problema del país tenía raíces profundas. Si no se atacaba desde la raíz, seguramente los nombres cambiarán pero no el panorama. Esto describe a la perfección el problema más grande que aqueja al país. Un país disfuncional que inexplicablemente funciona. Nuestro querido país, El Salvador impresionante; el país de la eterna sonrisa.

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