Tenemos una deuda de honor con nuestro país. Como generación, como habitantes del tiempo actual, porque como alguna vez nos llamaron "futuro", y ahora que ese futuro es presente, nosotros somos una generación ausente. Porque no es menos culpable el que contempla las llamas sin hacer nada, como el que ha arrojado el cerillo prendido sobre la gasolina.
Somos los hijos de una generación que se cansó de buscar respuestas. Una generación intolerante que no tenía miramientos para denunciar y hacerse escuchar. Se acabó la casta de idealistas que se lanzaron a luchar por lo que creía. Esas voces contestatarias que no tuvieron miedo de engendrar una guerra civil, una ofensiva final. Y mucho antes, un levantamiento popular. Toda acción tiene su consecuencia, todo grito produce un eco. Nosotros somos el eco. Pero nos encargamos de construir un mundo tan saturado de falsedades que apenas esa voz se hace notar entre el ruido.
La nuestra es una generación tan absurda como irreal por momentos. Porque aprendimos a vivir de momentos, de instantes de placer, de recompensas egocéntricas que duran menos que un orgasmo. Pensamos que nuestra vida es maravillosa porque un tratado filosófico se ha reducido a un tweet de 120 caracteres. Pensamos que nuestra es espléndida porque nadie puede ver lo que está detrás del filtro de Instagram. Porque un "like" alcanza para demostrar toda la empatía del mundo. Hemos propiciado la democratization de la ignorancia. Escogiendo líderes que dan risa, porque la actualidad es un chiste muy malo. Todo tiene validez, todo es justo, todo es admisible porque cualquiera es dios en un mundo que el mundo que se ha olvidado de sus creadores. Antes se consumía ácido para experimentar con realidad, ahora lo consumimos para evadirla. Nuestros ideales actuales caben en una mochila y, pensando que darle la vuelta al mundo es más heroico que quedarse a plantarle cara destino, como lo hicieron nuestros padres.
Cierto es que nuestra herencia es ese mundo podido del que soñamos escapar, pero aunque podamos culpar a nuestros predecesores de habernos dado ese mundo, al menos ellos pueden decir, con justa razón, que ellos sí tuvieron huevos para actuar e intentar arreglar las cosas que no estaban bien. Mientras tanto nosotros usamos las redes sociales como trincheras digitales para escupir un veneno que no hace daño a nadie en verdad. Los héroes de una generación de pacotilla, "millenials" sin brújula. El mundo acabará por consumirse en llamas. Y nosotros, seguramente no haremos más que subir el video a YouTube.
Y la pregunta es: la siguiente generación, ¿nos agradecerá la displicencia, o será peor que la nuestra?
No hay comentarios:
Publicar un comentario