Óscar fue un individuo que siempre tuvo claro cuál era su camino. Y si no fue así, al menos supo que jamás iba a detenerse. El miedo lo invadió alguna vez, sí. Pero no iba a dejar de decir lo que él sabía estaba mal. Denunciar no es incitar. Él lo sabía bien. Por eso, aquella tarde de marzo, un momento antes que la bala se disparara, Óscar elevo los ojos al cielo y ofreció algo más que el pan consagrado de la eucaristía.
A un mártir se lo define como la persona que sufre persecución a causa de sus creencias (religiosas mayormente) y que es asesinado por negarse a renunciar a ellas. Bien dijo Jesucristo: "La verdad os hará libres", sin embargo se olvidó mencionar que "La verdad siempre es perseguida". Eso lo dijo Óscar, muchos siglos después. Si bien es cierto que Óscar, durante su gestión como arzobispo de San Salvador, hizo señalamientos que en concreto molestaron a algunos sectores de poder, no hay que pasar por alto que el contexto político social que El Salvador vivía era altamente inestable. Y que, por supuesto, no dependió de sus palabras el inicio del conflicto armado, que por otra parte, ya había iniciado hacía más de cincuenta años, a principios de 1932.
Con el acto de beatificación, a Óscar se le otorga más que el título de "salvadoreño universal". Personalmente pienso que si a él, valga la imaginación, se le pudiera preguntar sobre esto, sería el primero en renunciar al título. Porque Óscar era un ser humano con los pies sobre la tierra. Porque sabía que sus palabras trascenderían mucho más que su imagen. Sin embargo, celebro el acontecimiento porque se trata de la reivindicación de un gran ser humano, y es esto, que ya excede el plano religioso, el motivo por el que vale hacerlo beato, y seguramente santo de la Iglesia Católica. Hubo quiénes en su momento lo quisieron callar, desconocemos quién (aunque muchos sospechamos un "piricuaco" que anduvo por ahí). Por esa razón, su inclusión en el memorial católico es más que un premio a sus actos, un justo castigo para aquellos que lo quisieron suprimir. Pudieron haber asesinado su cuerpo, pero ahora, jamás van a poder callar su recuerdo.
Para quien se cuestione sobre la labor de Óscar, si fue un guerrillero, un revolucionario sin fusil o un instigador marxista (absurdo término), conviene recordar que igualmente Cristo, en su momento fue un revolucionario. Claro, desde su perspectiva y apegado siempre al contexto que le tocó vivir. Yo pregunto: ¿quién puede negar que en tiempos de odio, predicar el amor no es un acto revolucionario? Y El Salvador a principios de los años 80, vivía el resultado de un delicado entramado social y político que logró desbaratar a nuestro país. Eran tiempos de odio y ahí, en medio de ellos, Óscar blasfemaba pidiendo no matarse entre hermanos. La política es una mera cuestión de poder y el bando que se escoja, simplemente determina cuánto tiempo se tarda en llegar al poder. No hay héroes en este asunto. Y Óscar lo sabía bien. Él predicó y ofreció consuelo a los pobres, no por sus convicciones políticas, sino porque eran los olvidados, los marginados, los que sufrían la peor parte. Mientras la antesala de la guerra se extendía como un juego de ajedrez, meticulosamente planeado, los más humildes eran quienes vivían en carne propia el dolor de perder hasta la esperanza. Y ahí estuvo él, brindando su amistad e incluso lo poco que tenía para aliviar su dolor.
No tengo idea si con su beatificación se convierta Óscar en el "salvadoreño más universal". Yo suponía que el "Mágico" González lo era ya. Pero sí estoy seguro que hará que su memoria perdure y que quienes renegaron y aun reniegan de él, se den cuenta que los mensajes son los universales, no las personas. Si para usted, sus palabras no significan nada, al menos tenga la decencia de respetarlas porque, para muchos, si valen y fueron todo lo que tuvieron en su momento. Ahí está la esencia de cualquier religión: el respeto por las creencias aunque no sean las propias. A 35 años de su muerte, El Salvador continúa viviendo tiempos complicados y llenos de violencia. Alguna vez Óscar mencionó que esperaba que su muerte fuera semilla de paz. Poco podemos hacer por remediar la situación actual, pero creo que al menos podemos dejar de propagar el odio con argumentos ridículos, carentes de contenido.
Por eso, aquella tarde de marzo, un momento antes que la bala se disparara, Óscar elevo los ojos al cielo y ofreció algo más que el pan consagrado de la eucaristía. Ofreció su memoria, sus palabras para que las llevemos siempre y que estas, en lugar de generar división creen paz, entendimiento y amor. En eso creía Óscar el guerrillero, Óscar el cura marxista, Óscar el revoltoso. Así que crea usted o no en él, su mensaje vivirá por siempre.
Muchas gracias, Óscar.
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