viernes, 15 de julio de 2016

Ana insitió tanto (cuento)

Ana insistió tanto, que terminé enamorándome de ella. Ana insistió tanto, que terminé matándola. Lo primero sería poner las cosas en claro. No intento convencer a nadie. Me da igual lo que piensen sobre mí; si lo que he hecho está mal o está bien. Al fin, la moral es solo una variable. Es cuestión de gustos. Igual que mi habitación. Mi habitación tiene empapelado con diseños marítimos sobre un plano celeste. Infantil, me dijeron cuando lo compré. Absurdo, para alguien de mi edad. Pero así soy yo. Supongo que con el tiempo, la gente llega a conocerte, o por lo menos llegan a hacerlo bastante, hasta que aprenden a reconocer ciertas peculiaridades que poco a poco se vuelven propias. Colocar en el café un chorrito de miel, en lugar de azúcar; ver las películas de miedo con el volumen en cero, y escuchando música con mis audífonos; entrar en un bar y no pedir nada, solo ver a la gente pretendiendo frente a otras. Es que la vida es monótona. Igual que mi trabajo. Me paso el día sellando sobres. Debo estampar el matasellos de la oficina postal e indicar si la carta debe ir por vía aérea o convencional, antes de depositarla en la respectiva bandeja de salida. Me pagan por hacer mucho más que eso, pero hace tiempo que me da igual; tanto si las estampillas o la dirección están bien puestas, o si despacho una carta local por vía aérea. Casi nunca veo a la gente que pasa por mi cubículo, mucho menos hablo con ellas o correspondo sus saludos. Solo veo gente cuando salgo a tomar algo, en el bar. Las veo y pienso qué tipo de cartas enviarían y a quienes. Había una chica, de pelo rubio, seguro ella mandaría una carta para contarles a sus padres sobre sus vacaciones. Por como sonríe, se nota que no se habla mucho con sus padres. Es más, juraría que hace mucho que no les escribe. Y ése con quien estaba no era su novio. El tipo la miraba como si pensara en las consecuencias de coger con la mejor a amiga de su hermana, y no le importase en absoluto. Él es de los que envía postales con dinero, para su hermano que se mete en problemas por deudas en los casinos. Es difícil decirlo, yo nunca veo a la gente que pasa frente a mí. Fue así que conocí a Laura, en el bar. Ella era de las que jamás envían cartas, ni para contar como estuvieron sus vacaciones ni para ayudar a su hermano estafador. Me gustó desde la primera mirada. Se acercó a mí y comenzó a hablarme de ella, de su trabajo y de su vida. Yo, igual que en una película de miedo, comencé a escuchar música en mi cabeza.

Estoy en ese preciso instante en el que, tras haber hecho algo, uno sabe que no puede remediar o empeorar la situación. Tan solo esperar lo incierto. Debo abrir la ventana. De pronto siento como si el aire me faltara. Si por mí fuese, todo el apartamento estaría empapelado con el mismo diseño: timones de barco, anclas, un nudo que parece un pretzel y la silueta de un barco, sobre un fondo celeste. Pero es imposible hacer que Ana cambie de ideas. Como cuando le dije que no era buena idea que compartiéramos el apartamento. Ella dijo que tenía una habitación libre. Ana insistió tanto que tuve que mudarme con ella. Me tiendo sobre el sillón frente al televisor. También odio el sillón verde con diseño geométrico; parece parte del inventario de un geriátrico. Odio la pintura de la pared sin empapelar. Las fotos de las vacaciones de Ana. Yo sé que ella no ha estado en muchas de los lugares que cuelgan de su pared, pero habla de ellos como si hubiese nacido ahí. Odio que la puerta del baño no se puede abrir completamente por la bañera. Odio a Ana y el clima de esta ciudad, con sus autobuses viejos y sus oficinas de correo. La sonrisa de Laura es muy linda, como ella. Una vez le dije que podría salir en televisión. El televisor de nuestro apartamento es un viejo cajón al que hay que abofetear un par de veces para estabilizar la imagen. Con la gente pasa igual, algunas veces. Después de hacer zapping por un rato, el anuncio de una película de miedo se advertía a continuación en ese nuevo canal de ciencia ficción. Es una que no he visto antes, aunque da igual: casi nunca veo las películas que pasan por televisión.

Al despertar, tras haber dormido por un poco más de dos horas, me doy cuenta de que me perdí la película. En ese momento, a seis calles del apartamento, dentro de su habitación, un par de agentes de la policía que han intentado forzar la cerradura, para descubrir que no estaba cerrada, han descubierto ya el cuerpo. Seguramente fue la vecina, la viuda que vive con dos gatos y los fantasmas de una vida que fue mejor, quien los llamó. Ella es de las que manda tarjetas de feliz cumpleaños a todos sus nietos. Nunca les pone dinero. Yo no quise que las cosas terminaran así. Pero Ana insistió tanto que no pude evitarlo. Ella sabía que yo siempre terminaba cediendo cuando ella insistía. Ponía su cara de lástima, parecía que sus pupilas vibraran y juntaba los labios al frente. Apuntaba con ellos y esperaba mi respuesta. Yo conocía todos los gestos que hacía, lo sabía casi todo de Ana. Pero nunca me contó si alguna vez envió una carta.

Dejé el televisor encendido y comienzo a dar vueltas en la sala. Es muy pronto para arrepentirse y muy tarde para olvidarlo. En un momento, es como si la habitación fuera la que diera vueltas alrededor mío. No fue mi culpa. Además, Ana insistió tanto que no pude evitarlo. No dejo de pensar que, en cierto modo, ella tuvo la culpa. Yo no quería matarla, pero tuve que hacerlo. Yo le dije: no lo hagas, terminará mal. Pero es que Ana insistió tanto que tuve que hacerla callar. Yo la conocía bien, o creía hacerlo. Ella era así: un día encontró uno de sus panties de color en su cajón de ropa blanca, y se la pasó reclamándome por toda una semana. Dijo que había sido yo quien la colocó ahí por accidente. Que eso comprobaba que era yo, quien solía robar su ropa íntima. Pero eso no es cierto. Yo no robo su ropa. Siempre la devolvía después de usarla, y siempre la dejo en su lugar exacto.

Pero es que ella estaba loca. Me dijo: has matado a alguien, y se lo diré a la policía. Estaba histérica, fuera de sí. Cruzaba los brazos y los descolgaba, dejándolos balancear y luego juntaba las manos entrelazadas bajo su barbilla. Intenté dialogar con ella, convencerla que era lo mejor. Le pedí que me viera a los ojos y que me dijera que me quería. Me respondió sin decir nada, asintiendo mientras entornaba los ojos vidriados y enrojecidos. Creo que no estaba convencida. Es difícil decirlo, yo nunca veo a la gente que me mira a los ojos. Yo la quería, pero no podía permitirlo. Si me denunciaba por haber matado a alguien, tendría que ir a la cárcel. Y ella se quedaría sin compañía en su apartamento. No alcanzaría a pagar la renta y no tendría con quien discutir hasta la madrugada. Yo se lo dije. Pero Ana insistió tanto.

He sido siempre de la idea que no existen las cosas malas o buenas; son solo acciones. A alguien le corresponderá decidir si lo que hice estuvo bien o no. De momento siento que no pertenezco a ningún sitio. Imagino sus miradas sobre mí. Algunos me odiarán, dirán que soy un monstruo, cuando se sepa. O peor aún, jamás llegarán a sentir nada por mí, si no se enteran. Dios jamás podrá perdonarme. Me verá con desprecio cuando entre a la iglesia. Pero si me quedo fuera, ni siquiera me verá. Estoy a la deriva. Lo peor de la vida es terminar solo, rodeado de tanta gente. La extraño. Extraño la forma como sonreía con los ojos cerrados, extraño verla leer el periódico, dejando que su café se enfríe para beberlo. Éramos seres tan diferentes que nuestras irregularidades completaron nuestras ausencias internas. Alguna vez le dije que antes de conocerla, ya la había imagino, exacta así como era ella. Extraño su insistencia. Como cuando insistió que me deshiciera del revólver.  Que sólo acabaría causándome problemas. Que si lo que buscaba era seguridad que podíamos mudarnos a otra ciudad más tranquila. Ella era sí; nunca entendió que la seguridad tiene que venir de adentro. Yo le dije: no hay de qué preocuparse, nunca la voy a usar. Yo jamás le haría daño a alguien, mucho menos a ella que la quería tanto. Se lo prometí. Al final le mentí; no la quería tanto como le dije. Le disparé sin pensarlo cuando comenzó a joder con que le iba a decir a la policía. Yo no quería hacerlo. Pero es que Ana insistió tanto.

La habitación sigue girando. Me dejo caer sobre el piso. Veo anuncios en la pantalla del televisor. Pero solo escucho risas. La gente se ve feliz usando, comprando, llevando, fregando un piso, saliendo de paseo. La vida es tan absurda. Escucho risas, el eco de mis pensamientos. Y la voz Ana. No, yo no tuve la culpa; ella insistió tanto. Se anuncia un programa de noticias. Seguramente, dirán que han encontrado el cuerpo de Laura, en su habitación, tras haber intentado forzar la cerradura y encontrar que no estaba cerrada. Dirán que fue un crimen pasional, que ella quedó tendida sobre la cama y que no había señales de violencia excesiva. Al investigador de la policía no le tomará mucho tiempo deducir la responsabilidad del crimen, al que calificará de horrible, infame y lamentable. Él habla usando muchos adjetivos. Es de los que les encantaría sentarse y escribir cartas a sus amigos y familiares. Pero nunca tiene tiempo. La presentadora del noticiero saluda con expresión robótica y postura rígida.  Hay compasión  en su mirada. Comienzo a escuchar música en mi cabeza. Sonrío y de pronto no puedo controlar mi risa, mientras todo sigue dando vueltas. También hay rastros de soledad en su mirada. Igual que en la de Ana. Igual que en la de Laura. Es difícil decirlo. Yo casi nunca veo a la gente que me acusa.

miércoles, 29 de junio de 2016

Cuánto daño nos hicieron las redes sociales

Hacernos escuchar por encima de los demás, como especie humana, es un rasgo que nos ha caracterizado desde siempre. Incluso desde el principio de nuestra propia historia; ni bien hemos salido del útero materno, nuestra primera reacción es llorar. Nos molesta el nuevo ambiente al que hemos sido traídos, queremos comunicar el descontento de la primera experiencia en un mundo ajeno a la tranquilidad que supuso nuestra gestación. El tiempo transcurre y nosotros con él. Aprendemos y desaprendemos muchas cosas todos los días. Pero lo que nunca cambia es nuestra necesidad de comunicarnos. 

Las redes sociales surgieron mucho antes de lo que asumimos. No fue Mark Zuckerberg quien la ideó. Ni cerca. El estudio de las redes sociales viene interesando a los expertos desde el siglo pasado. De hecho, tienen más que ver con las ciencias sociales y las ciencias políticas, más que con compartir imágenes de nuestras vacaciones. No cabe duda que las redes de este tipo, ahora en día completamente digitalizadas y con un alcance mundial y prácticamente ilimitado, son una herramienta de comunicación y comercialización inmejorable. Por ahora. 
Actualmente, la oferta de redes sociales disponibles es mucho más amplia. Aunque las preferencias globales enmarcan apenas unas diez, entre un numero que cada día va en aumento. Prácticamente existe un red social o un sitio -que aunque lo niegue, brinde interacción entre los usuarios-, para cada necesidad. Y en esta lista, las estupideces ocupan muchos espacios. Desde sitios para entusiastas de las adicciones, hasta sitios para tener citas románticas con fantasmas, las redes sociales contemporáneas han sabido adaptarse a cada usuario en potencia. Con ello, inevitablemente surge la pregunta: ¿Cuál es la ganancia de estos medios?

Poco a poco no hemos ido dando cuenta de la trampa. Entre otras cosas, la publicidad que se arrastra entre contenidos es mucho más rentable que la publicidad tradicional. Ahora sabemos que el invento del señor Zuckerberg, se parece más a una herramienta de espionaje de alta tecnología y largo alcance. Parece broma, pero el Facebook nos conoce mejor que nosotros mismos. Vender, vender y vender. Todo se reduce a la colocación de productos en el subconsciente colectivo. Y claro que funciona: las ganancias son millonarias y efectivas. Un dato más: no es casualidad que las principales redes sociales estén conectadas y que uno pueda hacer uso de ellas con un solo perfil de usuario. Tampoco lo es, que exista un único dueño detrás de las tres principales. En sí, estamos siendo vigilados por una mega organización que, si lo desea, puede intervenir y modificar nuestra existencia si así lo requiere. Y muchos pensamos que "El Show de Truman" fue una excelente película de ciencia ficción. 

Sin embargo, más allá de los alcances logísticos y comerciales de las redes sociales, el mayor daño que nos han causado con la cultura del LIKE, es que ahora, nuestra generación es una camada de zombies que pasan en promedio más de 26 horas al mes por usuario. Desde luego, el peligro siempre radicará en el uso que cada quien haga de las redes sociales. Existen maneras positivas de compartir recursos y muchos sitios que ofrecen contenido que vale la pena. Desde luego, no son los más populares. ¡Sorpresa! Para muchas personas el uso de estos sitios viene a significar un mundo inventado por ellos mismos, en el cual, pueden asumir el rol que mejor les plazca. Mientras tanto, en la vida diaria, ni siquiera son capaces de contestar un saludo en la calle. Las redes sociales nos han convertido en revolucionarios de "share & like", vendedores de primer nivel y artistas espectaculares. Todos hemos caído en la tentación. Nos hemos dejado convertir en una sociedad que de todo hacemos un chiste. Nos tardamos más en interpretar una acción que en inundar nuestros perfiles con memes. 

Es increíble ver como las protestas vía Facebook o Twitter parecen Bolcehviques digitales de escala global. Pero no pasan de ahí. Los gobiernos y las corporaciones lo saben y simplemente sonríen mientras  miles de personas se quedan protestando en una jaula virtual, de que creemos, es muy fácil escapar. Parece que no importa el alcance de una manifestación, tanto como las fotos que se publicarán o los vídeos que se harán virales en segundos. Los resultados importan poco. Exhibirse es lo in ahora en día. Nada como un ciber-berrinche, desde nuestro pequeño mundo de fantasía virtual para demostrar nuestra elevada cuota de conciencia social. Estamos desapareciendo en un mundo plagado de mentiras y anuncios. Con tantos distractores, es difícil darse cuenta que la verdad está ahí, frente a nuestros ojos. El capitalismo se burla de lo fácil que es actuar de manera salvaje, en un mundo donde importa más exhibir estupideces que salir a la calle e intentar hacer algo para cambiar la realidad. Una realidad cada día más difusa, entre la frontera de lo absurdo y la realidad. Como si compartir una foto de un niño hambriento, putear un presidente o compartir un imagen mil veces compartida, fuera a cambiar las cosas. Ese, es el daño más grande que las redes sociales nos han hecho. 

Una antigua leyenda africana, dice que el primer llanto de un bebé al nacer se debe a que hemos muerto en nuestra vida previa, para venir a esta. El ser humano es un universo de experiencias y aprendizajes cotidianos. Ningún deseo es mayor, que el deseo de justicia e igualdad. No estaría mal que encontráramos la manera de hacer que ese grito, que nos acompañará por el resto de nuestra existencia, genera acciones concretas en lugar de simples "likes". 

lunes, 20 de junio de 2016

Una disfuncionalidad que funciona (I).

En el algún momento de la historia, El Salvador encontró en el cultivo del café una de sus mayores riquezas. A principios del siglo XIX, después como en su época lo hicieran el cacao, el añil, el bálsamo o el algodón, el café se convirtió en una de las principales fuentes de ingreso para la región centroamericana. Nuestro país se vio favorecido especialmente por su geografía y su clima para la producción del grano, que por aquellos años era altamente demandado. Fueron años de prosperidad para la generación cafetalera que vivió sus años de mayor esplendor, exportando toneladas del producto y así, construyendo una dinastía de la que algún vestigio se niega a extinguirse. Basta echar un vistazo a la historia y la arquitectura, para darse cuenta cómo las grandes familias se veían favorecidas por el bienestar económico. Ciertamente, hubo condiciones económicas adversas, agravadas por la gran crisis económica mundial de 1929, que precipitó los precios y mermó la producción del café hasta reducirlo a su mínima expresión. Pero, paralelo a ese hecho, un suceso de gran importancia aconteció por aquellos años. 

En el algún momento de la historia, El Salvador encontró en el cultivo del café una de sus mayores riquezas. A principios del siglo XIX, después como en su época lo hicieran el cacao, el añil, el bálsamo o el algodón, el café se convirtió en una de las principales fuentes de ingreso para la región centroamericana. Nuestro país se vio favorecido especialmente por su geografía y su clima para la producción del grano, que por aquellos años era altamente demandado. Fueron años de prosperidad para la generación cafetalera que vivió sus años de mayor esplendor, exportando toneladas del producto y así, construyendo una dinastía de la que algún vestigio se niega a extinguirse. Basta echar un vistazo a la historia y la arquitectura, para darse cuenta cómo las grandes familias se veían favorecidas por el bienestar económico. Ciertamente, hubo condiciones económicas adversas, agravadas por la gran crisis económica mundial de 1929, que precipitó los precios y mermó la producción del café hasta reducirlo a su mínima expresión. Pero, paralelo a ese hecho, un suceso de gran importancia aconteció por aquellos años.
A comienzos del año 1932 una revuelta popular se alzó en contra del gobierno y la oligarquía establecida a expensas de los cultivos de café. La importancia histórica de ese hecho ha sido ampliamente discutida: las miles de vidas que se perdieron por la represión salvaje, la sistemática supresión de la identidad cultural y las consecuencias políticas de una dictadura que apenas arrancaba. Sin embargo, existió un detonante clave para que el alzamiento comenzara. Los patrones, dueños de las fincas, abusaban de sus trabajadores y los explotaban, pagando una miseria por su sufrida labor. El descontento llegó a tales niveles que provocó que las clases trabajadoras se tomará las calles en busca de mejores condiciones. Hubo claro, otros ingredientes que precipitaron el hecho, y como siempre, otros intereses de por medio. Pero eso no cambia el resultado.
El hecho concreto fue que los dueños de las fincas, mientras llenaban sus bolsillos y construían sus propiedades ostentosas, se olvidaron de mejorar, dignificar al menos, las condiciones de trabajo y la vida de sus empleados. La presión cedió, la rebelión estalló y la historia cambió para siempre.

“Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.” Dijo Jesucristo a sus discípulos alguna vez. Fue cierto hace dos mil años, y lo fue también entonces. Si bien el gobierno militar aplacó el levantamiento hasta casi hacer desparecer a la población originaria del país, no pudieron acabar con la idea. Hubo que esperar más de cincuenta años para que, ahora en forma de una guerra civil, el descontento volviera a encontrar una válvula de escape. La lección fue la misma, la historia se repitió como volverá a repetirse seguramente. Romero señaló en alguna de sus homilías que el problema del país tenía raíces profundas. Si no se atacaba desde la raíz, seguramente los nombres cambiarán pero no el panorama. Esto describe a la perfección el problema más grande que aqueja al país. Un país disfuncional que inexplicablemente funciona. Nuestro querido país, El Salvador impresionante; el país de la eterna sonrisa.

martes, 12 de enero de 2016

El dogma del arte

El arte en general es cualquier actividad que procede de la necesidad humana de expresar ideas o emociones por cualquier medio existente (o por existir). Plástica, música, lingüística. Ante nada, el arte es un vivo reflejo de la cultura en que se desarrolla. Es un testamento del contexto social en que se desarrollan dichas actividades. Y aunque muchas personas piensen que últimamente se han trivializado los medios de expresión, el arte no deja de ser una herramienta fundamental de comunicación para todas las sociedades. El arte, por ende, ofrece infinitas posibilidades no solo para los artistas sino también para los espectadores a lo largo de la historia.  De ahí que, desde siempre, se busque al arte como medio de canalización para dar salida a un sinfín de sentimientos. Las catársis y el arte van de la mano. 

El arte, en toda su historia, pasó de ser una herramienta básica de expresión; útil para la cacería primitiva y luego para lo que terminaría siendo el primer lenguaje escrito, a una noble profesión que acarreaba fortuna y reputación. Cómo vino a acabar en  una alternativa profesional para los que no se llevan bien con las matemáticas o reniegan de cortarse el cabello para trabajar, ¡quién sabe! Y vaya que se equivocan, las matemáticas, como la música y el arte en general andan en busca de una misma cosa: armonía. Me atrevería a decir que un error admisible, más no perdonable, en una sociedad con estándares culturales tan bajos como la nuestra (El Salvador). Sin embargo no se juzgan justos por pecadores. Acá en el medio han existido buenos creadores que han contribuido con eso que precisamente persigue el arte. Y las consecuencias quedan a la vista: ahora incluso es una opción de estudios superiores. ¿Quién les ha dicho que el arte se puede enseñar? O peor aún: ¡aprenderlo!

Volviendo al punto de qué rayos es lo que ofrece el arte, quiero retomar la idea de quienes consideran que las expresiones modernas de arte son, cuando menos, atroces. Hay que recordad que toda expresión empezó así, como una idea, una sugerencia. Fue el tiempo, y no la opinión de un académico autoproclamado, lo que acabó validándola. No olvidar: el arte pertenece al contexto social en que se desarrolla. Incluso, algunas expresiones no empezaron con el pie derecho y acabaron siendo indiscutibles. Conocen el cuento del expresionismo, ¿cierto? En todo caso, el arte habla (o debería hablar) de libertad creativa. Cualquier tipo de arte sujeto a un tecnicismo o una pauta logística se vuelve una artesanía; producción en masa. Nadie tiene derecho a mutilar el arte ni restringir la libertad creadora el artista. Es una ofensa al dogma del arte. En pocas palabras, si alguien se le da la gana pintar un pared azul y llamarlo "Tristeza" y luego vender el trozo de pared, está bien. No tiene nada de malo. Es problema de quien quiera adquirirlo. No hay derecho de venir a comparar esa misma pared con un cuadro de Rembrandt y opinar que el arte se ha vuelto decadente. El arte, siempre que contribuya al diálogo en positivo o negativo, debe ser bienvenido. 

Al final, el problema no es la pieza, es la gente que se indigesta con las ideas que son diferentes. 

¿Cuál es el abordaje apropiado que merece una pieza de arte, de cualquier medio? Ante nada, entrar con prejuicios derribados. Y sobre todo, tener el claro lo que el arte puede ofrecer. Me parece que existe la idea arraigada que el arte ofrece respuestas a cuestiones existenciales, un escape para mentes febriles y subconsciencias oscurecidas. He ahí el problema: ¡el arte no ofrece respuestas! Una pintura, escultura, canción, lo que sea, jamás debe generar una respuesta concreta. El arte existe para cuestionar. Un artista debe se un agitador, un paria que se dedica a desestabilizar el sistema preconcebido de ideas, en una sociedad que bombardea a diario con pautas de comportamiento que a la larga son ridículas. Una obra de arte tiene que causar asco, inquietud, repulsión, debería detonar en la mente una infinidad de preguntas respecto al tema que plantea. Finalmente la estética, igual que la moral es simplemente una variable. Si al estar frente a una pieza, no se desencadenan interrogantes, entonces no se está frente a una obra de arte, sino frente a una bonita pieza de artesanía. Y no es que la artesanía deje de ser arte, es cuestión de tener claro lo que se busca como espectador o como artista. Es inevitable que el arte se vuelva comercial, siempre lo ha sido y lo será. Pero el mensaje debe estar claro, ahí, oculto entre muchas capas de razonamiento y análisis profundos. 

Hay que dejar evolucionar al arte y sus propuestas, hay que saber entenderlo y dejarlo desarrollarse. Una condición justa, pensando que él, nos ha permitido desarrollarnos a nosotros como sociedad y como seres humanos.  







viernes, 22 de mayo de 2015

Los mártires jamás mueren

Óscar fue un individuo que siempre tuvo claro cuál era su camino. Y si no fue así, al menos supo que jamás iba a detenerse. El miedo lo invadió alguna vez, sí. Pero no iba a dejar de decir lo que él sabía estaba mal. Denunciar no es incitar. Él lo sabía bien. Por eso, aquella tarde de marzo, un momento antes que la bala se disparara, Óscar elevo los ojos al cielo y ofreció algo más que el pan consagrado de la eucaristía. 

A un mártir se lo define como la persona que sufre persecución a causa de sus creencias (religiosas mayormente) y que es asesinado por negarse a renunciar a ellas. Bien dijo Jesucristo: "La verdad os hará libres", sin embargo se olvidó mencionar que "La verdad siempre es perseguida". Eso lo dijo Óscar, muchos siglos después. Si bien es cierto que Óscar, durante su gestión como arzobispo de San Salvador, hizo señalamientos que en concreto molestaron a algunos sectores de poder, no hay que pasar por alto que el contexto político social que El Salvador vivía era altamente inestable. Y que, por supuesto, no dependió de sus palabras el inicio del conflicto armado, que por otra parte, ya había iniciado hacía más de cincuenta años, a principios de 1932. 

Con el acto de beatificación, a Óscar se le otorga más que el título de "salvadoreño universal". Personalmente pienso que si a él, valga la imaginación, se le pudiera preguntar sobre esto, sería el primero en renunciar al título. Porque Óscar era un ser humano con los pies sobre la tierra. Porque sabía que sus palabras trascenderían mucho más que su imagen. Sin embargo, celebro el acontecimiento porque se trata de la reivindicación de un gran ser humano, y  es esto, que ya excede el plano religioso, el motivo por el que vale hacerlo beato, y seguramente santo de la Iglesia Católica. Hubo quiénes en su momento lo quisieron callar, desconocemos quién (aunque muchos sospechamos un "piricuaco" que anduvo por ahí). Por esa razón, su inclusión en el memorial católico es más que un premio a sus actos, un justo castigo para aquellos que lo quisieron suprimir. Pudieron haber asesinado su cuerpo, pero ahora, jamás van a poder callar su recuerdo. 

Para quien se cuestione sobre la labor de Óscar, si fue un guerrillero, un revolucionario sin fusil o un instigador marxista (absurdo término), conviene recordar que igualmente Cristo, en su momento fue un revolucionario. Claro, desde su perspectiva y apegado siempre al contexto que le tocó vivir. Yo pregunto: ¿quién puede negar que en tiempos de odio, predicar el amor no es un acto revolucionario? Y El Salvador a principios de los años 80, vivía el resultado de un delicado entramado social y político que logró desbaratar a nuestro país. Eran tiempos de odio y ahí, en medio de ellos, Óscar blasfemaba pidiendo no matarse entre hermanos. La política es una mera cuestión de poder y el bando que se escoja, simplemente determina cuánto tiempo se tarda en llegar al poder. No hay héroes en este asunto. Y Óscar lo sabía bien. Él predicó y ofreció consuelo a los pobres, no por sus convicciones políticas, sino porque eran los olvidados, los marginados, los que sufrían la peor parte. Mientras la antesala de la guerra se extendía como un juego de ajedrez, meticulosamente planeado, los más humildes eran quienes vivían en carne propia el dolor de perder hasta la esperanza. Y ahí estuvo él, brindando su amistad e incluso lo poco que tenía para aliviar su dolor. 

No tengo idea si con su beatificación se convierta Óscar en el "salvadoreño más universal". Yo suponía que el "Mágico" González lo era ya. Pero sí estoy seguro que hará que su memoria perdure y que quienes renegaron y aun reniegan de él, se den cuenta que los mensajes son los universales, no las personas. Si para usted, sus palabras no significan nada, al menos tenga la decencia de respetarlas porque, para muchos, si valen y fueron todo lo que tuvieron en su momento. Ahí está la esencia de cualquier religión: el respeto por las creencias aunque no sean las propias. A 35 años de su muerte, El Salvador continúa viviendo tiempos complicados y llenos de violencia. Alguna vez Óscar mencionó que esperaba que su muerte fuera semilla de paz. Poco podemos hacer por remediar la situación actual, pero creo que al menos podemos dejar de propagar el odio con argumentos ridículos, carentes de contenido. 

Por eso, aquella tarde de marzo, un momento antes que la bala se disparara, Óscar elevo los ojos al cielo y ofreció algo más que el pan consagrado de la eucaristía. Ofreció su memoria, sus palabras para que las llevemos siempre y que estas, en lugar de generar división creen paz, entendimiento y amor. En eso creía Óscar el guerrillero, Óscar el cura marxista, Óscar el revoltoso. Así que crea usted o no en él, su mensaje vivirá por siempre.

Muchas gracias, Óscar. 


jueves, 19 de marzo de 2015

El arte de hacer política

La política, como cualquier buen ejercicio humano, es algo para lo que existe una manera adecuada de hacerlo y otra que no lo es, pero ello no significa que no lleve al mismo resultado. Supongo que sería trillado decir que la mayoría de políticos, acá como en el mundo entero, optan por la segunda. Bien por ellos. Se ve que les ha dado resultado y, ¿por qué cambiar el método? Sin importar si sabés nadar o no, lo importante es llegar a la orilla. La política, ante todo un show mediático, no es diferente. Después de todo, algo de arte o magia se requiere para política.

Sí, no se escucha tan complicado. Ahora, antes que te pongás a pensar qué color va a llevar tu banderita, o a qué lado vas a tirar, hay que saber que existen la política y los politiquería. Yo no lo sabía, pero aparentemente la RAE, define la politiquería como la acción de intervenir o entablar acciones políticas de manera superficial (o basarse en intrigas, demagogias y calumnias). Y añade por ahí, que es un término más bien común en América. Para los griegos, (politikos) era el arte del gobierno de la ciudad. He ahí la cuestión. No simplemente se trata de arengar masas, hacer proselitismo barato o regalar camisas con tu nombre. En El Salvador, ha quedado demostrado que poseemos un inepto y por demás inadecuado sistema electoral que, entre otras cosas, se ha tardado más de dos semanas en procesar los resultados de un ejercicio electoral para concejos municipales y la asamblea legislativa. Pero aquí la política es un chiste al final. Agoniza. Y las razones van mucho más allá de las autoridades o los mismos actores políticos.

He querido comparar el arte (en general) con la política porque creo que tiene puntos en común, o cuando menos, me ha servido para comprender algo que considero sumamente importante. En ambos casos, todo se trata de la imagen y el mensaje que se quiere mandar. El público siempre va a ponderar, ya sea tu aspecto como tus palabras. Para muchos artistas, lamentablemente pesa más la imagen que el contenido. Habrán excepciones, igual que en el caso de la política. Supongo que aquí nos enfrentamos a un caso de "Quis custodiet ipsos custodes?" Precisamente, ¿quién controla a los que nos controlan? (o pretenden hacerlo). Los movimientos sociales al rededor del mundo han seguido su paso, y a prueba y error, han demostrado su eficacia en determinadas sociedades. El Socialismo, primo y sucesor del temido Comunismo se ha abierto camino en economías que buscan emanciparse, teniendo en común la bandera de un cambio casi mesiánico que promete corregir rumbos y establecer nuevos poderes. El comunismo es revolución; el Socialismo es evolución según cita la teoría.

El problema es que la política es una bestia que se desata y no solamente ha de ser controlada por los políticos mismos, sino además, por el pueblo que será incidido directamente por ello. Es por eso que resulta sumamente importante no aferrarse a conceptos pre establecidos. Hacer política es un ejercicio de madurez intelectual y emocional. Si lo que a vos te gusta es usar camisa y banderas de un partido, mejor andá al estadio. La política evoluciona y con él, las ideas que adopta. Volviendo a la cuestión del arte; un artista, en cualquier rama que se desempeñe, no puede simplemente aferrarse a las tendencias del arte clásico y hacer de ellas su trabajo. Si un artista no admite nuevas ideas, técnicas y expresiones, se queda relegado. Se vuelve un artesano, un decorador vendedor de piezas utilitarias. Un político igual. Si un partido, quiere seguir suponiendo que las ideas de sus fundadores y máximas figuras del pasado siguen vigentes se volverán politiqueros. Y eso es algo que tanto los mismos políticos como sus correligionarios deben entender. Un partido de izquierda no puede seguir pensando: "¿qué diría Marx o el Che?" Tan ridículo como que la derecha siga pensando que los gobiernos militares, las dictaduras y el caudillismo sean la solución para todo. Las nuevas ideas tienen que venir, dejarse actuar. La gente espera cambios, pero quiere seguir atesorando las mismas ideas anquilosadas, que tal vez no hayan perdido vigencia del todo, pero ya no corresponden con los sistemas sociales que se pretenden construir.

Supongo que este breve ejemplo se puede aplicar a casi cualquier ámbito de actividad humana. No existen las verdades absolutas ni los mesías. Lo único que cabe son las acciones concretas, las soluciones viables y la esperanza de corregir rumbos, dejando el poder en manos nuevas. O en manos de gente coherente (si las hay) por lo menos. Puede que nada salga bien al final, pero es preciso abandonar las ideologías y darle paso a las ideas porque el arte de hacer política, es un acto de renovación constante donde la lucidez, ante todo, debe prevalecer.  

domingo, 1 de marzo de 2015

El arma más peligrosa

En mucho se parecen las palabras a las balas: nos quedamos sin ellas cuando más las necesitamos, y, como diría Richard Burton, "Una palabra hiere más profundamente que una espada". A diario decimos palabras. Ya sea por repetición, cortesía o necesidad de expresión de cualquier índole. El lenguaje, entendido como sistema de agrupación y regulación de palabras, ha acompañado a la humanidad desde siempre. Después de tantos años, ya parecen cualquier cosa menos una poderosa herramienta de expresión. 

Me llama la atención como, por ejemplo, en las escuelas el maestro es la luz que imparte conocimiento mientras, los alumnos prestan devota atención. En un caso ideal, por supuesto, los alumnos absorben este conocimiento, de manera que la labor del docente es difundir conocimientos y aportar al crecimiento intelectual y racional de sus estudiantes. Ya que hablar, es cosa de dos; el que dice, y el que escucha. Pero lo interesante viene cuando surgen esas pequeñas cuestiones que, por muy mínimas que parezcan, inciden de manera crítica en cualquier sistema. De un mínimo detalle podemos estar hablando, pero bien podría desintegrar el sistema que compone. Sea el caso: ¿Cuál es la preparación de los maestros, para validar su lugar en el salón de clases? Ya que a veces pareciera que les corresponde más el lugar de sus discípulos. Hablo exactamente de sistemas educativos, tan carentes como los de El Salvador. No solamente carentes de didáctica, pedagogía y contenido, sino incluso de cosas tan elementales como la personalidad y el carácter de los docentes. Algo que no debería ponerse en juicio, pero es la triste realidad de nuestro país. Acá, y probablemente en muchos lugares de América Latina y el resto del mundo, existe un severa deficiencia en cuanto al personal docente que imparte sus conocimiento en las aulas. La lista se puede hacer interminable: desde profesores que compiten con los alumnos a ver a quién le interesa menos las clases, hasta individuos de dudosa ética que buscan situaciones extra curriculares con sus pupilos. Es lamentable como algunos, ni siquiera saber expresarse frente a una clase. Muchos de ellos, ni siquiera saben cómo impartir una clase. Es seguro que poseen los conocimientos, pero carecen de metodología. Se limitan a dictar textualmente el contenido de libros que, en el mejor de los casos, están atrasados para que no caer en el uso del propio material didáctico en curso. E incluso eso sucede. He comprobado de buena fuente, que un docente competente, o por lo menos parecerlo, hay que interesarse en alimentar los conocimientos constantemente, día a día, la labor de un profesor es estar al día. En cambio, lo que sucede casi siempre es que el maestro, se escuda en sus credenciales obtenidas y automáticamente se vuelve incuestionable aunque hable sandeces frente a la clase. 

Todo comienza con una palabra. Una palabra errada puede causar que una mente en blanco se descarrile. 
Y si bien el alumno tiene todo el derecho a cuestionar al maestro, muchos de ellos ni siquiera tienen el interés de poner atención. Resultando que el sistema contamina el conocimiento y lo poco que el alumno pueda llegar a recordar, serán conceptos equivocados. Hasta aquí, el asunto es preocupante. Pero se vuelve terrorífico, cuando esta arma sale del salón de clases y ataca a la sociedad indiscriminadamente. 
Vivimos en un época en la que la información es capaz de viralizarse y llegar cualquier rincón en cuestión de segundos. ¿Y que valida esta información? Absolutamente nada. Cualquier persona puede expresarse por medio de las redes sociales y difundir información que seguramente llegará a miles de personas en solo instantes, como una chispa en un rastro de gasolina. 

La campaña política que actualmente afecta a nuestra sociedad salvadoreña (finalizada con las elecciones para el período 2015-2018, al momento de esta redacción) es un ejemplo claro de ello. Cualquiera que viniera para atestiguar lo que no ha sido más que una campaña sucia de principio a fin, me daría la razón. La campaña que ha partido de la idea de atacar al rival, en lugar de proponer acciones concretas, ha sido una de las más patéticas que puedo recordar recientemente. Y lo peor: la cantidad de ideas (si así se les puede llamar) que han circulado por las redes sociales, difamando la imagen de los candidatos. En un acto de pura demagogia, del que hemos hecho ya un arte en este país, nos encontramos con acusaciones que en lo personal no me parecen sino ridículas y por demás absurdas. Y digo esto por que no se trata del contenido, sino más bien, de la pregunta: ¿Habrá quienes crean la basura que se difunde? Y ¿Cuántos de ellos la pueden llegar a tomar por cierta? Muchos, miles seguramente. Es que todo se complementa a la perfección; una sociedad con escaso nivel cultural bombardeada con una obtusa propaganda que he llegado a pensar, es una campaña de idiotización nacional. Sólo en un país, tan pobre intelectualmente como El Salvador, eso podría funcionar. Todo eso me hace pensar que, si al menos, se dedicara un 10% de ése esfuerzo al sistema educativo actual, muchas cosas se lograrían. Quizá, incluso sacar al país de la vorágine de violencia que dinamita diariamente a la sociedad. 

La elecciones finalizan el noche de hoy (1° de marzo de 2015) y con eso se acaba el problema de la mala propaganda política barata. Al menos por un par de años. Pero el problema persiste. Desde los docentes incapaces hasta los alumnos sin interés por aprender. Entre todos, nos hemos encargado de desprestigiar a nuestro país sistemáticamente. Y así continuaremos, hasta que entendamos el valor de las palabras. El grave impacto que se genera a partir de ellas y cómo, pueden desviar el cause del intelecto, a pequeña o gran escala. Todo comienza siempre con una palabra.